domingo, 25 de septiembre de 2011

Desde el rincón

He sido despojada de todo lo que me hacía feliz.
Encerrada en el último bastión cerebral, espío por la mirilla de mis ojos,
la vorágine de paliativos médicos que aún me retienen. Estoy cansada.
¿Qué me pasó?
Algo pasó. No soporto la distancia. Quisiera emerger del solitario laberinto
con un grito.Ya no me traducen las palabras y me agota la corte pusilánime,
que no me entierra ni me salva. Lentamente me despido. ¿Qué me pasó?
Una boluda me habla como si yo fuera una tarada, y yo, ¿yo?,
no atino más que a decirle gracias y tirarle un besito. ¿Qué me pasó?
Puedo espiar poco a través de este restringido orificio de mi mente,
pero me basta para saber lo que pasa en mi incompleto rompecabeza.
Siento sus entupidas piedades. Su condescendencia mentirosa. Los mando
a la mierda y mis labios, traidores traductores, babeantes sonríen.
Todo queda lejos. Los pies, el culo. ¿Qué me pasó? De vez en cuando
envío algún mensaje que llega con relativo éxito:
te quiero, la chata, agüita. Es curioso. Siempre pensé
que creía en dios, pero ahora tengo la certeza de que existe. Existe, sí.
Es un hijo de puta que se mofa y se relame. ¿Qué me pasó?
Allá afuera, contesten. Algo está roto y ya ni mi propia mierda
puede administrar este cerebro de pollo resistente. La eternidad es esto:
sentada a la mesa, balbucear con muertos entre merienda y cena. Cansa
esta condena. Mi memoria no me deja retener lo que mi ojo sano cosecha.
¿Qué me pasó? ¿Están ahí? ¿Nadie sabe decirme si falta mucho? Me aburro.
La boluda me dice, abra la boca abuela, y me empastilla. Esta para el corazón.
La chiquita es la de los riñones. Tomo de un jarro con bombilla y cuando trago
mis hijos exclaman ¡muy bien! Mis bebes, mis corazones, pedazo de cagones.
Los extraño. Me gustaría hablarles como nunca lo hice y ya no haré. Sólo
se preocupan por la consistencia de mi caca sin imaginarme tan próxima,
que puedo sentir sus primitivos miedos intactos. Hacen lo que pueden.
Yo también tuve mis momentos idiotas. Son buenos chicos. Les dejo
este calabozo genético para el fin de sus días. ¿Qué me paso?
Abro la boca y trago otra pastilla. La boluda dice que la presión está bien
y yo le digo gracias y le tiro un besito. ¿ De qué estaba hablando?

sábado, 23 de abril de 2011

Hermanos

Rezan paralelos. Corroídos, derruyéndose. Ella,

pide que la auxilie dios. Él, implora que exista.

Junto a la cama, contemplan la senil agonía.

El dilatado morir farmacológico. La burla final.

Una silla plástica, renga, nocturno tormento

de vértebras y nalgas, los alterna cada tres horas.

Las quejas ya no integran su repertorio de suspiros.

Ya no. Se sostienen en la inercia de la culpa

y el amor primero. Persisten. Aguantan.

Callados. Encallados en la espera. Suspendidos.

Sin irse ni quedarse. Edecanes de las horas últimas.

Aprendieron, sin saberlo, la elemental supervivencia

en ese universo hospitalario que se les hizo carne. Allí,

las monedas, son mucho más que dinero. Un ardid,

con que engañar las tripas ventrílocuas, caprichosas.

Máquinas expendedoras suministran el complemento

de una dieta de sobras hurtadas a enfermos indefensos.

Un oasis en la interminable noche. Una golosina.

Adaptan su reloj intestinal al ritmo de la clínica. Cagan

furtivamente, en baños limpios de habitaciones vacías.

Dos engranajes presos de la mecánica que impusieron

las urgencias. Alguna vez, tuvieron una vida extra hospitalaria.

Hace tiempo, perdieron contacto y ya nadie los reclama.

Ahora, este terco aturdimiento. Esta noria eterna.

Ya ni escuchan el informe. Embotados, giran impávidos

en el carrusel de la liturgia sanitaria. Suero, función hepática,

tomografía, glucosa. Presión arterial. Frecuencia cardíaca.

Solo atinan a mirar como vacas mansas que pastan amargura

mientras los galenos desgranan hipótesis. Diagnósticos impersonales.

Ella, piensa que debió casarse con un anestesista o un cirujano.

Él, que perdió la fantasía de hacerse coger por tres enfermeras.

Ambos, agradecen. Agradecen el fin de la perorata que percute

sus atormentadas sienes y los mediquitos se marchan satisfechos.

Solos, se disponen a entregarse a otra jornada interminable.

La vieja abre un ojo y algo cambia. Exclaman: ¡mamá!

y los tres vuelven a la liquenosa fusión primitiva. Tal vez…

si se pudiera y mejorara un poco y… Aflora

un cambalache de domésticas ternuras y la infancia,

única patria posible, intacta, reaviva la llama. Se abroquelan

en torno a esa pupila que emerge del ensueño pantanoso.

Hacen planes como un acto reflejo. Sonríen, se emocionan

Gritan ¡enfermera! y sus manos se entrelazan

con la fuerza de raíces añosas. Una mueca necesaria.

Íntimamente saben. La lenta cloaca no se detiene.

C´est un mirage. El párpado cae

y el limbo se reconstituye en su ratificada abulia.

Solo habrá más de lo mismo. Un poco peor cada día.

Sin gloria, codo a codo, en su vulgar Termópilas,

Obstinados, batallarán pasivamente. Dos santos idiotas.

Carentes del valor que demanda la eutanasia

o la cobardía egoísta que requiere el abandono.

Pilares de un muelle roto azotados por las olas,

de pie, inclaudicables frente al oceánico adversario,

estoicos y discretos, sabrán pudrirse en su destino.