martes, 3 de mayo de 2016

INSTRUCCIONES PARA CAPEAR EL MAL TIEMPO
En primer lugar, no se desespere y en caso de zafarrancho
no siga las reglas que el huracán querrá imponerle. Refúgiese en la casa
y asegure los postigos una vez que todos los suyos estén a salvo.
Comparta el mate y la charla con los compañeros,  
los besos furtivos y las noches clandestinas, con quien le asegure ternura.
No deje que la estupidez se imponga. Defiéndase. A la estética, ética.
Esté siempre atento. No les bastará empobrecerlo
y lo querrán someter con su propia tristeza.
Ríase estentóreamente. Mófese: la derecha está mal cogida.
Será imprescindible cenar juntos cada día hasta que la tormenta pase.
Son cosas simples, sencillas, pero no por ello, menos eficaces.
Diga hacia el costado buen día, por favor y gracias. Y la concha de tu madre
cuando lo soliciten desde arriba. Tírele con lo que tenga, pero nunca solo.
Ellos saben cómo emboscarlo en la desprevenida soledad de una tarde.
Recuerde que los artistas serán siempre nuestros. Y el olvido
será feroz con la comparsa de impostores que los acompaña.
Todo va a estar bien si me hace caso. Sobreviviremos nuevamente,
estamos curtidos. Cuidemos a los pibes que querrán podarlos.
Solo es menester bien pertrecharse y no escatimarnos amabilidades.
Deberemos dejar a mano los poemas indispensables, el vino tinto y la guitarra.
Sonreírles a nuestros viejos como vacuna contra la angustia diaria.
Ser piadosos con los amigos.  No confundir a los ingenuos con los traidores.
Y aún con estos, tener el perdón fácil para cuando vuelvan con las ilusiones forreadas.
Aquí nadie sobra. Y eso sí, ser perseverantes y tenaces, escribir religiosamente
todos los días, todas las tardes, todas las noches. Aún sostenidos en terquedades
si la fe se desmorona. En eso, no habrá tregua para nadie.
La poesía les duele a estos hijos de puta.

ALEJANDRO ROBINO

LA GRIETA

Festejan los pitucos. Brindan en privado, lejos de la chusma.
Detrás del canapé, risitas socarronas apenas contenidas, los delatan.
Chorrea buen champan su algarabía. Lo saben, ya lo han hecho.
Les bastará unos pocos meses para embolsar para diez años.
La abuela cacatúa, agradece a dios, tan capitalista y católico,
su fidelidad política. El tío puto es el que duda, pero finalmente
prima la pertenencia de clase y vuelve a su rol de mascota simpática.
Un tiro para el lado de la justicia, de la que ya dio fe Martin Fierro: siempre
les ha pertenecido a las buenas familias. Un bálsamo.
Un alivio, entre tanto mal gusto que imperaba. Los pobres son feos
y es de valientes admitirlo. Pronto se reacomodarán las cosas
si no hay quien los agite y los siga confundiendo con inquina.
El estanciero en la casa, los peones en el rancho. Así se fundó la patria.
Pero hay que ser prudentes y no abusar de la anestesia. El padre,
recomienda a los briosos jóvenes ser circunspectos en la calle.
Nada de escribir andate yegua. Si tienen que expresarse,
digan que todo acto electoral es una fiesta de la democracia.
Ya está, se terminó. No los nombren. Apostemos al olvido.
- Señora, la cena está servida.
La presencia de la sierva desafina el aire.
- Gladys, ponga los cubiertos de plata,
ordena la madre. Esta es su forma de sumarse a la clandestina algarabía.
Comen amablemente, mientras discurren en trivialidades cotidianas. Pero
el brillo en sus ojos son fuegos artificiales. Resurge el sueño colonial
de la virreinal patria esclava. Todo es tan amable, tan ameno.


Un silencio casual, revela el sonido incómodo. En la cocina, alguien llora.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Partícipes Necesarios

Ya es hora. Basta. Estamos hartos
del tribunaliceo juego de cartas marcadas.
El nudo gordiano no se desata, se corta.
Es menester arrebatarle a los traidores
el poder delegado. Y ya no importa si es justicia.
Seamos ejemplares. Rompámosle el culo a sus hijas
entonando el himno a carcajadas. Rapemos a sus mujeres,
tatuémosle la frente cómplice y amarrémoslas desnudas 
a la columna de un Shopping, para lapidarlas con objetos de marca.
Saqueemos sus casas suntuosas meando en las paredes. Dejemos
un olor a orín perenne que recuerde sus almas. Arrojemos
sus pertenencias a la calle. Que la lluvia y el tiempo pudra las astillas
a las que reduciremos sus botines infames. Escupamos a sus padres
en sus sillas de ruedas y escribamos con mierda su apellido
 en todas las letrinas. Y finalmente a ellos, preservémoslos de la muerte,
partiendo sus espaldas. Confinémoslos en eternas cuadriplejias,
a presenciar la ira que han desatado. Seamos implacables y tutelémonos,
mutuamente, en persistir en el castigo a través de generaciones.
Y cuando finalmente  se acerquen al último suspiro, empalémoslos
frente a los clausurados burdeles que ampararon sus codicias.
Que sus cadáveres putrefactos vociferen la advertencia, sobre parvas
de testículos arrancados a velados clientes.

Aunque hagamos todo esto, seguiremos buscando.
Porque no basta. La venganza no calma.
Porque si aceptamos finalmente bailar con el diablo, él
pondrá la música. Y la sed de justicia seguirá vigente.
Necesitamos saber. ¿Qué pasó? La verdad es necesaria.
¿Dónde  estábamos entonces? Necesitamos saber todas las culpas.
Es imprescindible castigar honradamente. Y llorar por las víctimas.
Llorar. Llorar sinceramente. Por las madres, por las hijas.
Y por nosotros.
Por haber aguantado tanto tiempo, mirando hacia otro lado.

Alejandro Robino


domingo, 25 de septiembre de 2011

Desde el rincón

He sido despojada de todo lo que me hacía feliz.
Encerrada en el último bastión cerebral, espío por la mirilla de mis ojos,
la vorágine de paliativos médicos que aún me retienen. Estoy cansada.
¿Qué me pasó?
Algo pasó. No soporto la distancia. Quisiera emerger del solitario laberinto
con un grito.Ya no me traducen las palabras y me agota la corte pusilánime,
que no me entierra ni me salva. Lentamente me despido. ¿Qué me pasó?
Una boluda me habla como si yo fuera una tarada, y yo, ¿yo?,
no atino más que a decirle gracias y tirarle un besito. ¿Qué me pasó?
Puedo espiar poco a través de este restringido orificio de mi mente,
pero me basta para saber lo que pasa en mi incompleto rompecabeza.
Siento sus entupidas piedades. Su condescendencia mentirosa. Los mando
a la mierda y mis labios, traidores traductores, babeantes sonríen.
Todo queda lejos. Los pies, el culo. ¿Qué me pasó? De vez en cuando
envío algún mensaje que llega con relativo éxito:
te quiero, la chata, agüita. Es curioso. Siempre pensé
que creía en dios, pero ahora tengo la certeza de que existe. Existe, sí.
Es un hijo de puta que se mofa y se relame. ¿Qué me pasó?
Allá afuera, contesten. Algo está roto y ya ni mi propia mierda
puede administrar este cerebro de pollo resistente. La eternidad es esto:
sentada a la mesa, balbucear con muertos entre merienda y cena. Cansa
esta condena. Mi memoria no me deja retener lo que mi ojo sano cosecha.
¿Qué me pasó? ¿Están ahí? ¿Nadie sabe decirme si falta mucho? Me aburro.
La boluda me dice, abra la boca abuela, y me empastilla. Esta para el corazón.
La chiquita es la de los riñones. Tomo de un jarro con bombilla y cuando trago
mis hijos exclaman ¡muy bien! Mis bebes, mis corazones, pedazo de cagones.
Los extraño. Me gustaría hablarles como nunca lo hice y ya no haré. Sólo
se preocupan por la consistencia de mi caca sin imaginarme tan próxima,
que puedo sentir sus primitivos miedos intactos. Hacen lo que pueden.
Yo también tuve mis momentos idiotas. Son buenos chicos. Les dejo
este calabozo genético para el fin de sus días. ¿Qué me paso?
Abro la boca y trago otra pastilla. La boluda dice que la presión está bien
y yo le digo gracias y le tiro un besito. ¿ De qué estaba hablando?

sábado, 23 de abril de 2011

Hermanos

Rezan paralelos. Corroídos, derruyéndose. Ella,

pide que la auxilie dios. Él, implora que exista.

Junto a la cama, contemplan la senil agonía.

El dilatado morir farmacológico. La burla final.

Una silla plástica, renga, nocturno tormento

de vértebras y nalgas, los alterna cada tres horas.

Las quejas ya no integran su repertorio de suspiros.

Ya no. Se sostienen en la inercia de la culpa

y el amor primero. Persisten. Aguantan.

Callados. Encallados en la espera. Suspendidos.

Sin irse ni quedarse. Edecanes de las horas últimas.

Aprendieron, sin saberlo, la elemental supervivencia

en ese universo hospitalario que se les hizo carne. Allí,

las monedas, son mucho más que dinero. Un ardid,

con que engañar las tripas ventrílocuas, caprichosas.

Máquinas expendedoras suministran el complemento

de una dieta de sobras hurtadas a enfermos indefensos.

Un oasis en la interminable noche. Una golosina.

Adaptan su reloj intestinal al ritmo de la clínica. Cagan

furtivamente, en baños limpios de habitaciones vacías.

Dos engranajes presos de la mecánica que impusieron

las urgencias. Alguna vez, tuvieron una vida extra hospitalaria.

Hace tiempo, perdieron contacto y ya nadie los reclama.

Ahora, este terco aturdimiento. Esta noria eterna.

Ya ni escuchan el informe. Embotados, giran impávidos

en el carrusel de la liturgia sanitaria. Suero, función hepática,

tomografía, glucosa. Presión arterial. Frecuencia cardíaca.

Solo atinan a mirar como vacas mansas que pastan amargura

mientras los galenos desgranan hipótesis. Diagnósticos impersonales.

Ella, piensa que debió casarse con un anestesista o un cirujano.

Él, que perdió la fantasía de hacerse coger por tres enfermeras.

Ambos, agradecen. Agradecen el fin de la perorata que percute

sus atormentadas sienes y los mediquitos se marchan satisfechos.

Solos, se disponen a entregarse a otra jornada interminable.

La vieja abre un ojo y algo cambia. Exclaman: ¡mamá!

y los tres vuelven a la liquenosa fusión primitiva. Tal vez…

si se pudiera y mejorara un poco y… Aflora

un cambalache de domésticas ternuras y la infancia,

única patria posible, intacta, reaviva la llama. Se abroquelan

en torno a esa pupila que emerge del ensueño pantanoso.

Hacen planes como un acto reflejo. Sonríen, se emocionan

Gritan ¡enfermera! y sus manos se entrelazan

con la fuerza de raíces añosas. Una mueca necesaria.

Íntimamente saben. La lenta cloaca no se detiene.

C´est un mirage. El párpado cae

y el limbo se reconstituye en su ratificada abulia.

Solo habrá más de lo mismo. Un poco peor cada día.

Sin gloria, codo a codo, en su vulgar Termópilas,

Obstinados, batallarán pasivamente. Dos santos idiotas.

Carentes del valor que demanda la eutanasia

o la cobardía egoísta que requiere el abandono.

Pilares de un muelle roto azotados por las olas,

de pie, inclaudicables frente al oceánico adversario,

estoicos y discretos, sabrán pudrirse en su destino.

sábado, 26 de junio de 2010

Troesma

Si una mujer te dejó llegar hasta ese punto, pibe,

podés conchabarte para siempre en su memoria. Pero ojo,

no confundas simple con fácil porque el arte no es moco de pavo

y en este asunto hay que ser un artista. ¡Atendé, querés!

El punto es ese y tenés que masajearlo suavecito, sin interrupciones.

No te distraigas. Adivinále el ritmo, y aprendé a llevarla. Despacito,

liberále las ganas. Que paladee sus vanidades reprimidas.

El yeite, pibe, consiste en saciarle sin apuro, con delicados halagos,

la necesidad que comienza a desnudar frente a tu sabio hacer acompasado.

Cuando empiece a tener hambre, dale de comer con cucharita. Despacito.

No te desbandes. Ser fanfa y jeropa es casi una sola cosa. Dejála que desee

y dale antes que pida. Y atenti. Cuanto más se acelere, más va a querer

manotear el freno de mano. No te dejes llevar por su chamuyo. Perra

que ladra, no deja de ser una perra. Grabátelo en el coco

para el resto de la cosecha. Vos seguí con lo tuyo. No te distraigas.

Estáte seguro que ese es el punto, pibe. Lo demás es pura mierda. Dale,

seguí. Suave y firme. Intenso. Muy intenso. Dale. Susurrále, eso ayuda.

Acariciále la oreja con gilerías. Podés ser su dios por un segundo. O mejor,

su macho. Sí. Incrustáte en sus recuerdos, vanidoso, imprescindible.

A mano, para cuando tenga que arreglarse sola.

Trabajále ese punto y vas a ver que es una yerra agradecida. Después,

podrá quererte, odiarte, mentirte, halagarte, serte fiel o traicionarte,

pero fija: lo que no va a poder, es olvidarte.

Acordáte pibe, ese es el punto y no pierdas tiempo

intentando inventar el agua tibia porque ya está todo inventado:

Masajeále el ego.

Masajeále el ego, pibe. Y va a ser tuya para siempre.

domingo, 13 de junio de 2010

Trueque

Vale cada uno de los veinte mangos de la promo. Un choripete

antes de macerarse en el rocío. La amansadora del bondi

que lo devuelve a las chapas, al barro frío. Cada quince días

el franco saquea sus ahorros. Rodea la estación, pasa por el kiosko

y sin apuro, arrima a la fila. Saca número y pasa por la parrilla,

sin quitar la vista del tabicado pasillo mugroso. Engulle, devora ansioso

el grasiento sorete parrillero que chorrea manchas, mientras

se amasa la verga a través del bolsillo roto. Prepara el postre.

Planificadamente, deja pasar a otros urgidos. Fabrica la coincidencia.

Ya la tiene marcada. Paraguayita. La trajeron hace poco.

Todavía hace arcadas. Parece limpita. Apenas la ve asomarse,

se lanza presuroso, guiñándole una transa invisible al encargado.

Ella, pareciera que acepta hundiéndose en su cubículo ominoso.

Aguarda en el fondo del box, de espalda, carita al rincón,

la bombacha a media asta. De parado, el desagote furtivo

no dura más de tres o cuatro corcoveos. Nunca hablan.

Tiene gusto a chimichurri la perrita. Él tiene un truco

para montarla sin poner más guita. Le regala figuritas.


domingo, 6 de junio de 2010

Basura



Un jardín de lata, goma de auto y perro muerto.

Agonizan paupérrimas fogatas. Cerrazón y humo fétido.


Zapatillas dispares sortean charcos espesos.


Oxidado tras un chasis encallado, se degrada el sol

en ocres del ocaso.


Revuelve. Busca al boleo.


Las pisadas, crujen inestables en el vaciadero.

Pájaros infernales lo vigilan.


Sus tripas mutantes digieren desperdicios.


En el promontorio, roncas palas mecánicas

sepultan pestilencias citadinas.


Ratas, por toda compañía.


El pibe ríe y mira

como corta su vida la raya del tétano.

lunes, 31 de mayo de 2010

Sabélo



Sabélo.
Vos deberías saberlo.
Yo también creía que se podía vivir sin comer las recetas de la abuela
y eructar entre risas,
con la boca abierta las piernas abiertas la mente abierta
y mear al cielo y al infierno. ¡Qué cuernos!
Beber del pico obscenamente,
sin una taza que puedas lavar con detergente,
como dios manda.
Porque dios manda y la virgen obedece,
aunque chanchamente se le moje la bombacha
sin comprender que
no puede
jugar a la mancha sin lavandina. Sin que le importe la aureola.
Sabelo:
no estás sola
para dormir sin despertador
o sonreír sin dentífrico. Ni viajar
sin pasaje ni peaje ni visa ni prisa ni ruta ni mapas.
Sabélo:
nadie se escapa
y entonces te das cuenta
que ya no podés ver películas sin pantallas
sin programas que te expliquen que
no podés
sentirte en casa sin pensar que sobre tu cabeza sin peine, pende el desalojo.

Yo lo sé.
Con las tetas te vienen las responsabilidades y
ya no es tan fácil
festejar sin un registro civil tu cumpleaños,
ni meter los dedos en la crema de la torta que hicieron otras manos,
lo que deberían haber hecho las tuyas,
en vez de estar refregándote en el baño, el deseo contra el espejo,
ni bailar,
sin que le marquen el paso
a tu cintura de ternera,
sin delantal que la enlace, ni cesárea que la yerre.

Todo llega y más te vale que empieces a sentar cabeza
y a pensar con el culo,
tu tarjeta de crédito: Forni Car.
Débito automático.
Hacé gimnasia y rogá que no se te caigan las cachas
antes de conseguir un infeliz que te financie el rellenado.
No hay piedad,
pero al menos hay colágeno.
Sabélo.
Después, no digas que no te lo dijeron:
Lo inmortal,
no es el amor sino las prótesis,
porque lo esencial,
es invisible a los pobres.
Yo también
alguna vez
me hice la cocorita la astuta la guapa la viva la gallita.
Inútil ilusionarse. Inútil
Sabélo:
Dios existe y vigila.
Viene una vez por mes a ver como anda todo.
Y si no te deja un hijo,
te corta las bolas te corta las bolas te corta las bolas.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Compatriota



Súbito, un incandescente nerviosismo trepa a sus mejillas.
Forzado por las circunstancias, inaudible balbucea.
Concluyentes diferencias estético filosóficas,
lo distancian de las canciones patrias de modo irreconciliable.
Si bien se dice que nació por acá y tuvo madre y tuvo padre
y concurrió a una escuela pública y al vacunatorio de la sala de auxilios,
sus aires parisinos, se fundamentan en la firme convicción
de que la cigüeña desde allí lo trajo. Un tipo regio. Moderno.
Ciudadano del mundo que el concepto de patria abochorna.
Of course, comulga con la mofa a las escarapelas
que tanto desentonan con la moda europea en solapas.
La alegría callejera le sienta incómoda, molesta. Necesita,
de plateas y tribunas que establezcan jerarquías para sentirse parte.
Sus cacareados estándares democráticos, le impiden admitir
su repulsión por lo masivo. Prefiere tolerarlo como algo pintoresco.
Ese desdén lo tranquiliza. Siempre ha sido progresista. Su censura
a la bandera, no debe sacarse del contexto de razones pacifistas que profesa.
Prefiere interpretar la gesta patria, como un week end extendido. La historia
empieza en su ombligo. Un turista perenne en su propia tierra.
No hay maldad en su arrogancia impostora. Sólo intenta distinguirse.
Y lo logra. Un pelotudo terminal, mi compatriota.
Él, también me constituye en argentino.

lunes, 17 de mayo de 2010

Legítima defensa



Juntan pis desde temprano. En fila,
chupan frío y humedad. Junto al paredón,
la sombra del supermercado tiñe el friso suplicante.
Sueltan bostezos amasados en trenes, colectivos
sueños de unos pocos pesos. Peregrinas sin meca,
exhalan plegarias tiritadas a un dios ausente.
Una tuberculosis temprana las arropa.
Sobre la vereda de cemento escarchado, sus zapatitos,
susurran asperezas por todo comentario. Obedientes,
inspeccionan nucas anónimas. Aceptan
un número por toda identidad y allí quedan
macerando
toda la mañana, sobre tacos gastados.
Las requeridas buenas presencias, van desmoronándose.
Inútil, la voz del cafetero, humilla bolsillos impotentes.
Darwin sonríe. De tanto en tanto, unas pocas desertan.

Hacia el medio día, se abre el portón trasero.
Desentumecen la espera y solo algunas
intentan un gesto que recicle el desaliño. Otras,
besan estampitas, fotos de sus hijos. Se persignan,
leyendo los carteles con ofertas. Ilusiones gastrointestinales
de un porvenir cercano si tal vez la suerte acompañase.
Sobre el vano de chapa, la consabida leyenda:
Quien entre aquí, abandone toda esperanza.

Cancerbero. El seguridá señala con desprecio. Un Forro.
La primera de la fila se arroja presurosa. Formulario.
El interrogatorio impreso la califica. Cajera descartable.
En tres meses volverá a la basura. Pero ella no lo sabe
y agradece, ante cuatro miserables que evalúan sus tetas.
En sólo diez minutos la puerta la vomita
aprobada radiante jubilosa.
Su inminente esclavitud festeja.
Pareciera que la fiesta es para todas. Una mueca,
casi un entusiasmo, se apodera de ellas. Espejismo.
El gorra, cuelga cartelito: no hay más vacantes.

Uno dos tres, cuatrocientos veintiocho números
a lo largo de la cuadra rumian impotencia.
Ella y las otras. Esa es la frontera. Su dicha,
su alborozo, deshace de un sopapo la columna que la observa.
Se acercan poco a poco. Estrechan sus manos.
Intentan contagiarse de su suerte. Fraternas,
la saludan, la rodean. Los buenos augurios, las chanzas,
los presagios, dan paso a los abrazos. Intensos.
Exaltados. Fuertes. Hasta quitarle el aire
ninguna se desprende de esa montonera.
Fuenteovejuna ha sido. La traquea rota un accidente.

viernes, 7 de mayo de 2010

Al caer la tarde

(Morir de lepra, que se te caiga
la carne a cachos.
"Ruta 14" de Jorge Leyes)





Morir de lepra.
Que se te caiga la carne a cachos. Perder un dedo en el asa de una taza. Pegártelo con la gotita,
con eufemismos. Y maquillar el rejunte sonriendo. Como si no te hubiera pasado nada.
Morir de sida.
Solo. Inmunodeficiente, a los otros ojos. Dar lástima o miedo,
o cogértelos a todos gritándoles
te quiero
y que después revienten. Como vos. Solo, en un catre de hospital.
Con una enfermera a cinco metros de distancia,
tejiendo al crochet.
Morir de tuberculosis, escupiendo los pulmones.
Mancharle la cara con tu sangre al infeliz que te asiste.
Morir de asma.
Sentirte un pelotudo que se ahoga.
Morir de rabia.
Babearte a los gritos. Roer las paredes. Morder los barrotes de tu jaula y
estirar la pata.
Morir de sífilis.
Quedarte con la verga podrida en la mano y joder a tus hijos
partiéndole los labios. Sembrarla en otros vientres.
Agrandarle el orto a un puto y que reviente
con el colon infectado. Morir de cólera.
Cagarte encima hasta que se te de vuelta el culo.
Morir de neumonía.
Morir de tifus.
Morir de un mal incurable, que ni siquiera tenga nombre.
O más vulgar:
Morir de cáncer.
Que esté bien ramificado. Que sepas que no podés curarte. Que te ataque la próstata o el esófago. Da lo mismo. Que todos sepan que tenés cáncer.
Que te miren con lástima.
Que los mires con odio.

Morir de hambre.
de frío.
de miedo,
en una guerra cualquiera que no le importe a nadie.
Que el agua te congele los güevos en una trinchera de mierda y
Morir de gangrena.
Que corra pus por tus venas y la fiebre te haga
Morir calcinado.
Morir suicidándote.
Tirarte en las vías de un suburbio pestilente y joder a unos cuantos,
que se les enfriará la cena. Hacerle gestos obscenos al guardabarreras,
que no para de gritarte. Esperar al tren de frente y
Morir de bronca;
porque el tren te esquiva y la gente te putea y luego se deleita al verte:
Morir,
atropellado por un camión, que cruza las vías con la barrera baja.
Que el conductor siga de largo. Que ni siquiera pare. Que pase otro camión
y te pise de vuelta. Y después un colectivo y después un auto y después
una moto y hasta una bicicleta. Y después otro camión y otro y otro.
Morir.
Morir como sea.
De cualquier forma. De cualquier manera. De cualquier modo.
Morir,
como se pueda, pero sin extrañarte.
Cualquier cosa es preferible a
Morir de amor.
A que te lleve esta tristeza, un martes cualquiera, al caer la tarde.

lunes, 3 de mayo de 2010

Muchachos Grandes



Ya son muchachos grandes.
Tienen algo más de medio siglo.
Emigrados barriales,
con viejos viejos
e hijos eludidos a hembras vulgares,
imperfectas,
pertrechadas con amores terrenales,
de consorcio,
de segundo vencimiento.
Infructuosas,
procuraron arrancarles el paraíso prometido:
alguna gloria, tan infundada como merecida,
por haber creído en una suerte de inmortales
reservada para ellos,
vaya a saber por quién
o qué sabe qué cosa.

Ahora, todos son muchachos grandes
y lo saben:
en promesas, no deben fiarse.
En mujeres, tampoco,
claro. Metafísica del asfalto,
el saber tardío
es un antídoto vencido.

Muchachos buenos
para nada,
ya están de vuelta de ningún sitio.
Aterrados caminantes circulares,
dignamente,
disimulan para nadie,
con palabras
cruzadas
de causas perdidas.

Una vez por mes
en el “Gran Lezama”
se convocan a exorcismo gastronómico.
Sentados a la mesa, aferrados a la balsa,
gastan bromas gastadas.
Fantasean
con tersuras y jumpers virginales.
Mitifican, unos a otros, festejándose
misericordiosamente.

Evocan a pura risotada.

Viejas campanas de madera,
retumban
los buenos viejos.
Los buenos viejos tiempos.
Los buenos viejos tiempos que nunca
jamás existieron.

Ya no creen en dios.
Se conforman con el mozo
que
silente
suministra
queso, piedad y sopresata.
Repite,
respeta el ritual,
gana su propina,
obvia calvas y canas.
Los trata de muchachos,
ofrenda ancianidad.
Tranquiliza
la fuente de ravioles.
Parten el pan
fraternos.
Fútbol y minas
despuntan rancios fanatismos.
De este modo sencillo, disipan por un buen rato
su angustia de futuro trunco. Estrellitas abortadas.
Agujeros negros sobre los manteles.

Los postres,
el proyecto que no fue,
la empresa que será,
seguro
tal vez
si la suerte acompañara
o existiese.
El conjuro azucarado
del café
queda en pie
el próximo encuentro.
Jugarán, otra vez,
a la mancha helada,
quietitos manchados congelados
como si no hubiera pasado nada.
Sentirse aún promesas
de algo
que no es eso.

Nadie puede juzgarlos mal. Es su derecho.

Es sólo una vez por mes.
Un tinto, tal vez,
un poco más caro
que sus ajados bolsillos.
Entrada plato y postre.
Efímera opulencia. Berreta
bacanal de dioses desterrados de la mesa.
Los abrazos,
saludos. Grandes aspavientos
que no consiguen armar una alegría.
Demorada despedida. Por calles desoladas
enfilan sus barrigas.

Ya son muchachos grandes
La suerte está echada.

domingo, 25 de abril de 2010

Escrito en la mugre



Es un buen hombre. Incuba expedientes judiciales en su axila.
Paga sus gastos por débito automático y tiene una familia
convenientemente retratada sobre su escritorio chipendale.
Casi no se le conocen traiciones. El sol del country
le sienta bien en su cara. Expresa sus pasiones en link´s
y videojuegos. Y por todo tormento existencial
lo acucia el techo de su hándicap en el hoyo cinco.
Es un buen esposo. No es cargoso. Suda lo necesario
en sus deberes maritales. Bien dispuesto,
oficia de anfitrión cuando se le indica. Conoce el protocolo
del jugar a las visitas con otros matrimonios. Su charla previsible,
su tono amable, combina en degradé con el color de los sillones.
Tiene un perro con certificado de pedigrí. Su esposa
contrató un paseador. Muchacho joven. El costo es aceptable.
Anualmente realiza un chequeo médico. Participa activamente
en la colecta parroquial para ayudar a los pobres. Su auto,
también está asegurado contra todo riesgo. Sobrio.
Ejerce gustos sencillos. Encuentra garantía de calidad
en las primeras marcas. Un signo bordado
en su chomba color pastel, lo incluye sin estruendos,
en la reunión de padres del St. Garcha School.
La corrección tiene su precio. Sus hijos lo saben
y no le traen problemas. Un temita de embarazo,
alguna desprolijidad con drogas, pero nunca
algo que no sea una mera cuestión de adolescentes.
Por eso el estupor.
Su incomprensión es genuina.
¿quién,
por qué razón?

Burda pizarra. Accidentalmente sucio,
manuscrito,
el parabrisas de su auto reza:
sos una mierda.

sábado, 17 de abril de 2010

Ella me cree



Tiene dieciocho o diecinueve.
No más. Tal vez por eso
aún pregunta
cree
que puede haber una respuesta
contenida en las palabras.
Pero no.
No es su ingenuidad lo que me hiere.
Es su respeto. Esa insolencia macabra.
Ella, esteriliza
cada interroguante que me arroja.
Dice: usted, señor… tal o cual cosa.
Usted, señor…
Irrita. Humilla, socava
porque siempre está bien puesto.
Antesala de sus frases,
elegante y atildado. Imposible
no admitir que es correcto
irreprochable y hasta bello,
profundo. Misterioso.
Un abismo azul entre montañas.
Ineludible. Testimonio
que marca la distancia
como el péndulo. Mojón,
entre el útero y la fosa.

Ella dice: señor, usted…
y es como si dijera: jodéte
las montañas no se mueven
y por eso la odio.
La odio tanto, tanto.
Tanto que este rencor
sólo es comparable,
con mis ganas de tocarla.

Ella me cree.
Registra mis palabras
escribe
anota
apunta, su escote
hacia mis ojos extraviados
en la reconstrucción onírica
del manjar,
que guarda su corpiño
como cántaros,
vasijas cancerberas,
de un elixir terrenal
que
sediento,
suplicante le reclamo
pero ella,
sólo espera una respuesta.
Una respuesta,
en lo posible, corta,
ancha, como su cuaderno
y eso sí: sabia.
Es decir,
una anécdota dudosa,
un fragmento, enigmático y sombrío,
alguna cita filosófica,
pomposa,
prescindible, claro que
dicha con cierta gracia.
En resumen,
alguna de mis viejas artimañas
de zorro
que se muerde la cola.
Ella, quiere
que sepa gatillar
la frase simpática,
oportuna,
que arranque risas de la clase
y ratifique
la bondad de su pregunta.
Que alimente
su vanidad temprana.

Ella es inteligente
y lo sabe
y eso es tonto
y no lo sabe
y es tan joven
que no tiene por qué saberlo

Ella me cree
se fía
se entrega a mi discurso
hábil
diestro
que entrelaza
con cierta pericia tonta
un torbellino de datos, teorías,
que producen
una alquimia maliciosa,
que los hace relucir
como si fuesen útiles. Servibles
para algo verdadero. Por lo menos
por un tiempo.

Yo sé
siento que
ella me cree
y por un momento me debato
en seguir el juego de lo dicho
o terminar de una vez por todas esta farsa.

Expresarle mi verdad,
de manera inequívoca, evidente.
Incrustar mi cabeza entre sus muslos
y perderme
o ganarme. Lamerla, devotamente.

No.
No me animo.

Tengo una imagen
una reputación
un prestigio
un miedo espantoso
que me corroe.
No me queda alternativa.
No puedo mirar
a mi pavor a los ojos. Vuelvo
sobre mis pasos y verborrágico
me prodigo
en un collage de verbos
adjetivos, sustantivos.
Colorido. Pongo
todos estos años
de acopio estúpido, incesante,
a sus pies,
a su servicio,
en una danza de palabras odaliscas,
dedicándole el despojo
de los siete velos. Develo
oculto,
insinúo,
tejiendo telarañas de conceptos,
falsas formas supletorias del amor,
salvoconducto del vacío
yermo, estéril,
pero es mía por un rato
aunque más no sea
para esto.
La clase es cronófaga. Timbre,
ya es la hora
y no le basta.
Descruza sus piernas
en ritual cambio de guardia.
Se acerca. Su boca
me amenaza.
Me pide que le aclare esto o aquello
y yo no sé
como negarme a esa intimidad efímera.
Me aturdo y concedo.
No importa qué pregunte
nombro a: Bachelard.
Siempre lo cito.
En momentos como esos
funciona: Bachelard,
es francés
y no importa
decir lo que haya dicho.
Bachelard.
Pronunciarlo es un encanto
un redil
una trampa
en la que cae gustosa. Un destello
que encandila subrepticio y repito
Bachelard
tontamente
sin sentido. Pero
el narcótico se agota.
Es preciso decir,
hacer,
un gesto inconfundible,
una impronta. Besar
su largo cuello
camino a sus pezones,
hurgar labriegamente el matorral
que encierra su bombacha
tesonero
obsesionado
irrefrenable,
arrancarle gemidos,
espasmos
de dulces humedades.
Asirla de las nalgas
enrredándola a mi talle
y exultante…

Vacilo.

El silencio la incomoda.
Gracias, media vuelta y a otra cosa.
Su novio - o algo así -
la espera en la vereda.
Ella lo abraza,
lo besa presurosa
e intenta contarle alguna
de sus muchas verdades aprendidas.

Él, sonríe.
Le toma la mano,
la lleva a su bragueta
y activa el vendaval de sus hormonas.

Ella lo premia con un beso
corrompido
por la mutua carcajada que erupciona.

Ellos ríen.
Yo no. Yo no me explico
por qué cede
ante tamaña grosería
entregándose
obediente y regalona
a quien sin palabra alguna
solo exhibe
testosterona voluptuosa
por toda galanura.
Por qué.
Por qué mi exuberancia intelectual
tan arduamente cultivada,
mis atenciones,
esa arquitectura obsesiva
de intrincado diseño: mi generosidad académica
es retribuida,
con la ingrata mezquindad de su tersura.
Me encojo de hombros,
hago paz con el destino
saboreo
el pequeño botín
de mi victoria: Ella me cree.
Se asombra.

Perdura,
esculpida en mi retina,
su expresión boquiabierta.

Eso,
ya nadie me lo quita.
Su expresión boquiabierta.

Esta noche
voy a deleitarme febrilmente
soñando,
con la acuosa complacencia de su boca.

domingo, 11 de abril de 2010

Letras Muertas



Murmura la noche, diría este poema.
Murmura la noche y los astros etc etc etc
Sería bello.
Bello y piadoso y hasta necesario.
Versos por los que el buen dios
conmovido
otorgaría su misericordioso perdón
su santo manto de olvido, él, siempre tan considerado.
Pero la noche no murmura
y dios
es un asqueroso agujero negro.
Un ensordecedor silencio
percutiéndome en el pecho.
Acosado, en la emboscada
de mi cama. Frágil
inquieto,
perturbado.

Agitando sábanas,
banderas del tedio compartido,
un animal resopla un pedo
que besa tibiamente mi costado
y me da asco
pensar
que ni siquiera
ese eructo de mierda me da asco.
Estoy perdido o lo que es peor: acostumbrado. Tal vez un scotch
o mejor,
doce miligramos
que activen mi reflejo
condicionado. Comprender,
es lo correcto en estos casos:
comió un combo, tragó rápido,
está cansada
mañana tiene que levantarse temprano
Sí,
comprender está muy bien. Es lo mejor. Es lo adecuado.
No sé bien mejor que qué, pero
tiene
debe
ser mejor que algo
como
por ejemplo,
mejor que cercenar mi mirada compasiva
de mascota amancebada
y
vomitando rabia
despertarla a patadas en el culo
hasta que grite o llore o putee o haga algo
algo repugnante o maravilloso
que pueda sorprender
mi bucólica mirada de murciélago exiliado en mi propio cuarto
y encontrarme con sus ojos,
aunque este desatino,
implique mi muerte
o la suya
o la de un gato
o un pequeño temblor que nunca nadie pudo haber imaginado,
y después abrazarla desesperado,
como un náufrago a un madero podrido,
y llorar juntos por este inacabable purgatorio
en el que estamos amontonados.
Este ritual nocturno de cuerpos paralelos,
eco,
sombra
de un amor perdido
en el apuro
por llegar a ningún lado.

Alguna vez nos quisimos.
Sí.
Seguro. Teníamos deseos de tocarnos.

Hoy les toca enamorarse
en el ciclo de trasnoche
a los Fabulosos Bakers boys, subtitulados.
Un boquete electrónico de catorce pulgadas
por donde saco la cabeza
y respiro fantasía a bocanadas
intentando
no morir asfixiado.
La historia ya la sé
pero no puedo dejar de seguir mirando.
Otro scotch otra pastilla otra vez el mismo beso sobre el mismo piano.
La rubia y el muchacho y uno sabe que se quieren
y que pierden
y se caen
y que los del mundo son los malos
y los maltratan y todo eso,
pero hay algo. Una pequeña victoria que sostiene.
Ya se sabe: ese amor es para siempre,
el celuloide los protege del fracaso,
y uno estruja el control remoto
mendigándole un poco de ilusión al aparato.
Los Fabulosos Baker Boys, subtitulados. Como en el cine.
Sin importarme si está dormido el que tengo al lado.
La historia ya la sé
pero no puedo dejar de seguir llorando.

Lexotanil, whisky y tv.
Sí, a veces funciona si sabés como mezclarlo.
Un jarabe casero contra el desencanto. Uno de tantos.
A veces funciona, sí.
Sólo por un rato.

Está comprobado:
por las noches
el tiempo
es mucho mucho más largo.

lunes, 5 de abril de 2010

Yo los odio y ellos lo saben


Yo los odio y ellos lo saben.
Yo sé que decirlo no está bien
que queda mal
y todo eso
pero
los odio.
Los odio todo el tiempo.

Son una banda. Una bandita.
Siempre andan por ahí, jodiendo.
Mangueando,
lloriqueando,
peleándose entre ellos,
escupiendo colectivos,
levantando cosas del suelo,
revolviendo la basura,
gallinas flacas
mugrientas
desgarbadas
que se meten en los tachos.
Se llevan cualquier pedazo de mierda a la boca,
porque saben que son chicos,
que los estás mirando,
que dan lástima,
que te duele.
Así, te ablandan
y se te vienen al humo
para que les tires unos pesos.

Son unos turritos, esos.
Si no los conocés, caés como un chorlito,
Pero a mí no me joden.
Yo los tengo fichados.
Los cago.
Les tomé el tiempo.
En invierno,
a la noche, tarde,
cuando veo
que
sólo ellos
andan por la cuadra,
aflojo un poco el paso.
Me vuelvo lerdo,
enfilo para el quiosco,
meto la mano en el bolsillo,
lento
agónico
intencionado.
Despacito,
como si fuera a sacar plata
para comprar fasos
y no los estuviese relojeando.
La mano bien al fondo del bolsillo
buscando con ahínco
revolviendo
haciéndome el boludo,
los vigilo,
los dejo que se imaginen la guita
que se acerquen a dos metros.

Siempre alguno pica.
Se manda.
Va a largarme el rollo ese de:
señor, no me daría…
mientras me mira la mano oculta,
ansioso,
excitado,
esperando que la saque
con un billete grande,
nuevo,
crujiente, entre los dedos.
Ahí le hago el amague.
Es fija que sonríe.

Yo también
hago una mueca parecida.
Eso lo amansa.
Por primera vez, en su vida breve,
no desconfía.
Se queda quietito,
frágil
vulnerable,
como si fuera un chico.

Por un puñado de segundos
sus palpitaciones,
quiebran
el cómplice silencio callejero.

No me demoro.
Le miro los ojitos,
empotrados
en la efímera ilusión
que envuelve mi bolsillo y
entonces,
gatillo a quemarropa una risotada insolente,
socarrona:
me rasco un güevo
y disfruto,
porque

que sabe
que lo estoy jodiendo.

Es difícil lastimarlos.
Esto le duele.

Siente,
el certero escupitajo
que hiere. Desgarra, enterrado
en el centro del ruido de sus tripas
Aniquila su tesoro:
un último rescoldo de inocencia.
Hay furia.
Se le nota.
Cara sucia
rabia roja.
Una brasita. Rechina
sus dientecitos podridos
y se pierde.

Ciego de bronca,
no la piensa.
Se me tira encima.
Por fin
le doy el gusto:
saco la navaja.

Chorrea una sonrisa en su garganta