lunes, 31 de mayo de 2010

Sabélo



Sabélo.
Vos deberías saberlo.
Yo también creía que se podía vivir sin comer las recetas de la abuela
y eructar entre risas,
con la boca abierta las piernas abiertas la mente abierta
y mear al cielo y al infierno. ¡Qué cuernos!
Beber del pico obscenamente,
sin una taza que puedas lavar con detergente,
como dios manda.
Porque dios manda y la virgen obedece,
aunque chanchamente se le moje la bombacha
sin comprender que
no puede
jugar a la mancha sin lavandina. Sin que le importe la aureola.
Sabelo:
no estás sola
para dormir sin despertador
o sonreír sin dentífrico. Ni viajar
sin pasaje ni peaje ni visa ni prisa ni ruta ni mapas.
Sabélo:
nadie se escapa
y entonces te das cuenta
que ya no podés ver películas sin pantallas
sin programas que te expliquen que
no podés
sentirte en casa sin pensar que sobre tu cabeza sin peine, pende el desalojo.

Yo lo sé.
Con las tetas te vienen las responsabilidades y
ya no es tan fácil
festejar sin un registro civil tu cumpleaños,
ni meter los dedos en la crema de la torta que hicieron otras manos,
lo que deberían haber hecho las tuyas,
en vez de estar refregándote en el baño, el deseo contra el espejo,
ni bailar,
sin que le marquen el paso
a tu cintura de ternera,
sin delantal que la enlace, ni cesárea que la yerre.

Todo llega y más te vale que empieces a sentar cabeza
y a pensar con el culo,
tu tarjeta de crédito: Forni Car.
Débito automático.
Hacé gimnasia y rogá que no se te caigan las cachas
antes de conseguir un infeliz que te financie el rellenado.
No hay piedad,
pero al menos hay colágeno.
Sabélo.
Después, no digas que no te lo dijeron:
Lo inmortal,
no es el amor sino las prótesis,
porque lo esencial,
es invisible a los pobres.
Yo también
alguna vez
me hice la cocorita la astuta la guapa la viva la gallita.
Inútil ilusionarse. Inútil
Sabélo:
Dios existe y vigila.
Viene una vez por mes a ver como anda todo.
Y si no te deja un hijo,
te corta las bolas te corta las bolas te corta las bolas.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Compatriota



Súbito, un incandescente nerviosismo trepa a sus mejillas.
Forzado por las circunstancias, inaudible balbucea.
Concluyentes diferencias estético filosóficas,
lo distancian de las canciones patrias de modo irreconciliable.
Si bien se dice que nació por acá y tuvo madre y tuvo padre
y concurrió a una escuela pública y al vacunatorio de la sala de auxilios,
sus aires parisinos, se fundamentan en la firme convicción
de que la cigüeña desde allí lo trajo. Un tipo regio. Moderno.
Ciudadano del mundo que el concepto de patria abochorna.
Of course, comulga con la mofa a las escarapelas
que tanto desentonan con la moda europea en solapas.
La alegría callejera le sienta incómoda, molesta. Necesita,
de plateas y tribunas que establezcan jerarquías para sentirse parte.
Sus cacareados estándares democráticos, le impiden admitir
su repulsión por lo masivo. Prefiere tolerarlo como algo pintoresco.
Ese desdén lo tranquiliza. Siempre ha sido progresista. Su censura
a la bandera, no debe sacarse del contexto de razones pacifistas que profesa.
Prefiere interpretar la gesta patria, como un week end extendido. La historia
empieza en su ombligo. Un turista perenne en su propia tierra.
No hay maldad en su arrogancia impostora. Sólo intenta distinguirse.
Y lo logra. Un pelotudo terminal, mi compatriota.
Él, también me constituye en argentino.

lunes, 17 de mayo de 2010

Legítima defensa



Juntan pis desde temprano. En fila,
chupan frío y humedad. Junto al paredón,
la sombra del supermercado tiñe el friso suplicante.
Sueltan bostezos amasados en trenes, colectivos
sueños de unos pocos pesos. Peregrinas sin meca,
exhalan plegarias tiritadas a un dios ausente.
Una tuberculosis temprana las arropa.
Sobre la vereda de cemento escarchado, sus zapatitos,
susurran asperezas por todo comentario. Obedientes,
inspeccionan nucas anónimas. Aceptan
un número por toda identidad y allí quedan
macerando
toda la mañana, sobre tacos gastados.
Las requeridas buenas presencias, van desmoronándose.
Inútil, la voz del cafetero, humilla bolsillos impotentes.
Darwin sonríe. De tanto en tanto, unas pocas desertan.

Hacia el medio día, se abre el portón trasero.
Desentumecen la espera y solo algunas
intentan un gesto que recicle el desaliño. Otras,
besan estampitas, fotos de sus hijos. Se persignan,
leyendo los carteles con ofertas. Ilusiones gastrointestinales
de un porvenir cercano si tal vez la suerte acompañase.
Sobre el vano de chapa, la consabida leyenda:
Quien entre aquí, abandone toda esperanza.

Cancerbero. El seguridá señala con desprecio. Un Forro.
La primera de la fila se arroja presurosa. Formulario.
El interrogatorio impreso la califica. Cajera descartable.
En tres meses volverá a la basura. Pero ella no lo sabe
y agradece, ante cuatro miserables que evalúan sus tetas.
En sólo diez minutos la puerta la vomita
aprobada radiante jubilosa.
Su inminente esclavitud festeja.
Pareciera que la fiesta es para todas. Una mueca,
casi un entusiasmo, se apodera de ellas. Espejismo.
El gorra, cuelga cartelito: no hay más vacantes.

Uno dos tres, cuatrocientos veintiocho números
a lo largo de la cuadra rumian impotencia.
Ella y las otras. Esa es la frontera. Su dicha,
su alborozo, deshace de un sopapo la columna que la observa.
Se acercan poco a poco. Estrechan sus manos.
Intentan contagiarse de su suerte. Fraternas,
la saludan, la rodean. Los buenos augurios, las chanzas,
los presagios, dan paso a los abrazos. Intensos.
Exaltados. Fuertes. Hasta quitarle el aire
ninguna se desprende de esa montonera.
Fuenteovejuna ha sido. La traquea rota un accidente.

viernes, 7 de mayo de 2010

Al caer la tarde

(Morir de lepra, que se te caiga
la carne a cachos.
"Ruta 14" de Jorge Leyes)





Morir de lepra.
Que se te caiga la carne a cachos. Perder un dedo en el asa de una taza. Pegártelo con la gotita,
con eufemismos. Y maquillar el rejunte sonriendo. Como si no te hubiera pasado nada.
Morir de sida.
Solo. Inmunodeficiente, a los otros ojos. Dar lástima o miedo,
o cogértelos a todos gritándoles
te quiero
y que después revienten. Como vos. Solo, en un catre de hospital.
Con una enfermera a cinco metros de distancia,
tejiendo al crochet.
Morir de tuberculosis, escupiendo los pulmones.
Mancharle la cara con tu sangre al infeliz que te asiste.
Morir de asma.
Sentirte un pelotudo que se ahoga.
Morir de rabia.
Babearte a los gritos. Roer las paredes. Morder los barrotes de tu jaula y
estirar la pata.
Morir de sífilis.
Quedarte con la verga podrida en la mano y joder a tus hijos
partiéndole los labios. Sembrarla en otros vientres.
Agrandarle el orto a un puto y que reviente
con el colon infectado. Morir de cólera.
Cagarte encima hasta que se te de vuelta el culo.
Morir de neumonía.
Morir de tifus.
Morir de un mal incurable, que ni siquiera tenga nombre.
O más vulgar:
Morir de cáncer.
Que esté bien ramificado. Que sepas que no podés curarte. Que te ataque la próstata o el esófago. Da lo mismo. Que todos sepan que tenés cáncer.
Que te miren con lástima.
Que los mires con odio.

Morir de hambre.
de frío.
de miedo,
en una guerra cualquiera que no le importe a nadie.
Que el agua te congele los güevos en una trinchera de mierda y
Morir de gangrena.
Que corra pus por tus venas y la fiebre te haga
Morir calcinado.
Morir suicidándote.
Tirarte en las vías de un suburbio pestilente y joder a unos cuantos,
que se les enfriará la cena. Hacerle gestos obscenos al guardabarreras,
que no para de gritarte. Esperar al tren de frente y
Morir de bronca;
porque el tren te esquiva y la gente te putea y luego se deleita al verte:
Morir,
atropellado por un camión, que cruza las vías con la barrera baja.
Que el conductor siga de largo. Que ni siquiera pare. Que pase otro camión
y te pise de vuelta. Y después un colectivo y después un auto y después
una moto y hasta una bicicleta. Y después otro camión y otro y otro.
Morir.
Morir como sea.
De cualquier forma. De cualquier manera. De cualquier modo.
Morir,
como se pueda, pero sin extrañarte.
Cualquier cosa es preferible a
Morir de amor.
A que te lleve esta tristeza, un martes cualquiera, al caer la tarde.

lunes, 3 de mayo de 2010

Muchachos Grandes



Ya son muchachos grandes.
Tienen algo más de medio siglo.
Emigrados barriales,
con viejos viejos
e hijos eludidos a hembras vulgares,
imperfectas,
pertrechadas con amores terrenales,
de consorcio,
de segundo vencimiento.
Infructuosas,
procuraron arrancarles el paraíso prometido:
alguna gloria, tan infundada como merecida,
por haber creído en una suerte de inmortales
reservada para ellos,
vaya a saber por quién
o qué sabe qué cosa.

Ahora, todos son muchachos grandes
y lo saben:
en promesas, no deben fiarse.
En mujeres, tampoco,
claro. Metafísica del asfalto,
el saber tardío
es un antídoto vencido.

Muchachos buenos
para nada,
ya están de vuelta de ningún sitio.
Aterrados caminantes circulares,
dignamente,
disimulan para nadie,
con palabras
cruzadas
de causas perdidas.

Una vez por mes
en el “Gran Lezama”
se convocan a exorcismo gastronómico.
Sentados a la mesa, aferrados a la balsa,
gastan bromas gastadas.
Fantasean
con tersuras y jumpers virginales.
Mitifican, unos a otros, festejándose
misericordiosamente.

Evocan a pura risotada.

Viejas campanas de madera,
retumban
los buenos viejos.
Los buenos viejos tiempos.
Los buenos viejos tiempos que nunca
jamás existieron.

Ya no creen en dios.
Se conforman con el mozo
que
silente
suministra
queso, piedad y sopresata.
Repite,
respeta el ritual,
gana su propina,
obvia calvas y canas.
Los trata de muchachos,
ofrenda ancianidad.
Tranquiliza
la fuente de ravioles.
Parten el pan
fraternos.
Fútbol y minas
despuntan rancios fanatismos.
De este modo sencillo, disipan por un buen rato
su angustia de futuro trunco. Estrellitas abortadas.
Agujeros negros sobre los manteles.

Los postres,
el proyecto que no fue,
la empresa que será,
seguro
tal vez
si la suerte acompañara
o existiese.
El conjuro azucarado
del café
queda en pie
el próximo encuentro.
Jugarán, otra vez,
a la mancha helada,
quietitos manchados congelados
como si no hubiera pasado nada.
Sentirse aún promesas
de algo
que no es eso.

Nadie puede juzgarlos mal. Es su derecho.

Es sólo una vez por mes.
Un tinto, tal vez,
un poco más caro
que sus ajados bolsillos.
Entrada plato y postre.
Efímera opulencia. Berreta
bacanal de dioses desterrados de la mesa.
Los abrazos,
saludos. Grandes aspavientos
que no consiguen armar una alegría.
Demorada despedida. Por calles desoladas
enfilan sus barrigas.

Ya son muchachos grandes
La suerte está echada.