sábado, 23 de abril de 2011

Hermanos

Rezan paralelos. Corroídos, derruyéndose. Ella,

pide que la auxilie dios. Él, implora que exista.

Junto a la cama, contemplan la senil agonía.

El dilatado morir farmacológico. La burla final.

Una silla plástica, renga, nocturno tormento

de vértebras y nalgas, los alterna cada tres horas.

Las quejas ya no integran su repertorio de suspiros.

Ya no. Se sostienen en la inercia de la culpa

y el amor primero. Persisten. Aguantan.

Callados. Encallados en la espera. Suspendidos.

Sin irse ni quedarse. Edecanes de las horas últimas.

Aprendieron, sin saberlo, la elemental supervivencia

en ese universo hospitalario que se les hizo carne. Allí,

las monedas, son mucho más que dinero. Un ardid,

con que engañar las tripas ventrílocuas, caprichosas.

Máquinas expendedoras suministran el complemento

de una dieta de sobras hurtadas a enfermos indefensos.

Un oasis en la interminable noche. Una golosina.

Adaptan su reloj intestinal al ritmo de la clínica. Cagan

furtivamente, en baños limpios de habitaciones vacías.

Dos engranajes presos de la mecánica que impusieron

las urgencias. Alguna vez, tuvieron una vida extra hospitalaria.

Hace tiempo, perdieron contacto y ya nadie los reclama.

Ahora, este terco aturdimiento. Esta noria eterna.

Ya ni escuchan el informe. Embotados, giran impávidos

en el carrusel de la liturgia sanitaria. Suero, función hepática,

tomografía, glucosa. Presión arterial. Frecuencia cardíaca.

Solo atinan a mirar como vacas mansas que pastan amargura

mientras los galenos desgranan hipótesis. Diagnósticos impersonales.

Ella, piensa que debió casarse con un anestesista o un cirujano.

Él, que perdió la fantasía de hacerse coger por tres enfermeras.

Ambos, agradecen. Agradecen el fin de la perorata que percute

sus atormentadas sienes y los mediquitos se marchan satisfechos.

Solos, se disponen a entregarse a otra jornada interminable.

La vieja abre un ojo y algo cambia. Exclaman: ¡mamá!

y los tres vuelven a la liquenosa fusión primitiva. Tal vez…

si se pudiera y mejorara un poco y… Aflora

un cambalache de domésticas ternuras y la infancia,

única patria posible, intacta, reaviva la llama. Se abroquelan

en torno a esa pupila que emerge del ensueño pantanoso.

Hacen planes como un acto reflejo. Sonríen, se emocionan

Gritan ¡enfermera! y sus manos se entrelazan

con la fuerza de raíces añosas. Una mueca necesaria.

Íntimamente saben. La lenta cloaca no se detiene.

C´est un mirage. El párpado cae

y el limbo se reconstituye en su ratificada abulia.

Solo habrá más de lo mismo. Un poco peor cada día.

Sin gloria, codo a codo, en su vulgar Termópilas,

Obstinados, batallarán pasivamente. Dos santos idiotas.

Carentes del valor que demanda la eutanasia

o la cobardía egoísta que requiere el abandono.

Pilares de un muelle roto azotados por las olas,

de pie, inclaudicables frente al oceánico adversario,

estoicos y discretos, sabrán pudrirse en su destino.

1 comentario:

  1. Acabo de ser uno de los personajes. Ya todo terminó, pero las imágenes que describiste, me describen.
    Como siempre, fuerte. Y cierto.
    Felicitaciones.

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Al entrar aquí, abandona toda esperanza.