domingo, 25 de abril de 2010

Escrito en la mugre



Es un buen hombre. Incuba expedientes judiciales en su axila.
Paga sus gastos por débito automático y tiene una familia
convenientemente retratada sobre su escritorio chipendale.
Casi no se le conocen traiciones. El sol del country
le sienta bien en su cara. Expresa sus pasiones en link´s
y videojuegos. Y por todo tormento existencial
lo acucia el techo de su hándicap en el hoyo cinco.
Es un buen esposo. No es cargoso. Suda lo necesario
en sus deberes maritales. Bien dispuesto,
oficia de anfitrión cuando se le indica. Conoce el protocolo
del jugar a las visitas con otros matrimonios. Su charla previsible,
su tono amable, combina en degradé con el color de los sillones.
Tiene un perro con certificado de pedigrí. Su esposa
contrató un paseador. Muchacho joven. El costo es aceptable.
Anualmente realiza un chequeo médico. Participa activamente
en la colecta parroquial para ayudar a los pobres. Su auto,
también está asegurado contra todo riesgo. Sobrio.
Ejerce gustos sencillos. Encuentra garantía de calidad
en las primeras marcas. Un signo bordado
en su chomba color pastel, lo incluye sin estruendos,
en la reunión de padres del St. Garcha School.
La corrección tiene su precio. Sus hijos lo saben
y no le traen problemas. Un temita de embarazo,
alguna desprolijidad con drogas, pero nunca
algo que no sea una mera cuestión de adolescentes.
Por eso el estupor.
Su incomprensión es genuina.
¿quién,
por qué razón?

Burda pizarra. Accidentalmente sucio,
manuscrito,
el parabrisas de su auto reza:
sos una mierda.

sábado, 17 de abril de 2010

Ella me cree



Tiene dieciocho o diecinueve.
No más. Tal vez por eso
aún pregunta
cree
que puede haber una respuesta
contenida en las palabras.
Pero no.
No es su ingenuidad lo que me hiere.
Es su respeto. Esa insolencia macabra.
Ella, esteriliza
cada interroguante que me arroja.
Dice: usted, señor… tal o cual cosa.
Usted, señor…
Irrita. Humilla, socava
porque siempre está bien puesto.
Antesala de sus frases,
elegante y atildado. Imposible
no admitir que es correcto
irreprochable y hasta bello,
profundo. Misterioso.
Un abismo azul entre montañas.
Ineludible. Testimonio
que marca la distancia
como el péndulo. Mojón,
entre el útero y la fosa.

Ella dice: señor, usted…
y es como si dijera: jodéte
las montañas no se mueven
y por eso la odio.
La odio tanto, tanto.
Tanto que este rencor
sólo es comparable,
con mis ganas de tocarla.

Ella me cree.
Registra mis palabras
escribe
anota
apunta, su escote
hacia mis ojos extraviados
en la reconstrucción onírica
del manjar,
que guarda su corpiño
como cántaros,
vasijas cancerberas,
de un elixir terrenal
que
sediento,
suplicante le reclamo
pero ella,
sólo espera una respuesta.
Una respuesta,
en lo posible, corta,
ancha, como su cuaderno
y eso sí: sabia.
Es decir,
una anécdota dudosa,
un fragmento, enigmático y sombrío,
alguna cita filosófica,
pomposa,
prescindible, claro que
dicha con cierta gracia.
En resumen,
alguna de mis viejas artimañas
de zorro
que se muerde la cola.
Ella, quiere
que sepa gatillar
la frase simpática,
oportuna,
que arranque risas de la clase
y ratifique
la bondad de su pregunta.
Que alimente
su vanidad temprana.

Ella es inteligente
y lo sabe
y eso es tonto
y no lo sabe
y es tan joven
que no tiene por qué saberlo

Ella me cree
se fía
se entrega a mi discurso
hábil
diestro
que entrelaza
con cierta pericia tonta
un torbellino de datos, teorías,
que producen
una alquimia maliciosa,
que los hace relucir
como si fuesen útiles. Servibles
para algo verdadero. Por lo menos
por un tiempo.

Yo sé
siento que
ella me cree
y por un momento me debato
en seguir el juego de lo dicho
o terminar de una vez por todas esta farsa.

Expresarle mi verdad,
de manera inequívoca, evidente.
Incrustar mi cabeza entre sus muslos
y perderme
o ganarme. Lamerla, devotamente.

No.
No me animo.

Tengo una imagen
una reputación
un prestigio
un miedo espantoso
que me corroe.
No me queda alternativa.
No puedo mirar
a mi pavor a los ojos. Vuelvo
sobre mis pasos y verborrágico
me prodigo
en un collage de verbos
adjetivos, sustantivos.
Colorido. Pongo
todos estos años
de acopio estúpido, incesante,
a sus pies,
a su servicio,
en una danza de palabras odaliscas,
dedicándole el despojo
de los siete velos. Develo
oculto,
insinúo,
tejiendo telarañas de conceptos,
falsas formas supletorias del amor,
salvoconducto del vacío
yermo, estéril,
pero es mía por un rato
aunque más no sea
para esto.
La clase es cronófaga. Timbre,
ya es la hora
y no le basta.
Descruza sus piernas
en ritual cambio de guardia.
Se acerca. Su boca
me amenaza.
Me pide que le aclare esto o aquello
y yo no sé
como negarme a esa intimidad efímera.
Me aturdo y concedo.
No importa qué pregunte
nombro a: Bachelard.
Siempre lo cito.
En momentos como esos
funciona: Bachelard,
es francés
y no importa
decir lo que haya dicho.
Bachelard.
Pronunciarlo es un encanto
un redil
una trampa
en la que cae gustosa. Un destello
que encandila subrepticio y repito
Bachelard
tontamente
sin sentido. Pero
el narcótico se agota.
Es preciso decir,
hacer,
un gesto inconfundible,
una impronta. Besar
su largo cuello
camino a sus pezones,
hurgar labriegamente el matorral
que encierra su bombacha
tesonero
obsesionado
irrefrenable,
arrancarle gemidos,
espasmos
de dulces humedades.
Asirla de las nalgas
enrredándola a mi talle
y exultante…

Vacilo.

El silencio la incomoda.
Gracias, media vuelta y a otra cosa.
Su novio - o algo así -
la espera en la vereda.
Ella lo abraza,
lo besa presurosa
e intenta contarle alguna
de sus muchas verdades aprendidas.

Él, sonríe.
Le toma la mano,
la lleva a su bragueta
y activa el vendaval de sus hormonas.

Ella lo premia con un beso
corrompido
por la mutua carcajada que erupciona.

Ellos ríen.
Yo no. Yo no me explico
por qué cede
ante tamaña grosería
entregándose
obediente y regalona
a quien sin palabra alguna
solo exhibe
testosterona voluptuosa
por toda galanura.
Por qué.
Por qué mi exuberancia intelectual
tan arduamente cultivada,
mis atenciones,
esa arquitectura obsesiva
de intrincado diseño: mi generosidad académica
es retribuida,
con la ingrata mezquindad de su tersura.
Me encojo de hombros,
hago paz con el destino
saboreo
el pequeño botín
de mi victoria: Ella me cree.
Se asombra.

Perdura,
esculpida en mi retina,
su expresión boquiabierta.

Eso,
ya nadie me lo quita.
Su expresión boquiabierta.

Esta noche
voy a deleitarme febrilmente
soñando,
con la acuosa complacencia de su boca.

domingo, 11 de abril de 2010

Letras Muertas



Murmura la noche, diría este poema.
Murmura la noche y los astros etc etc etc
Sería bello.
Bello y piadoso y hasta necesario.
Versos por los que el buen dios
conmovido
otorgaría su misericordioso perdón
su santo manto de olvido, él, siempre tan considerado.
Pero la noche no murmura
y dios
es un asqueroso agujero negro.
Un ensordecedor silencio
percutiéndome en el pecho.
Acosado, en la emboscada
de mi cama. Frágil
inquieto,
perturbado.

Agitando sábanas,
banderas del tedio compartido,
un animal resopla un pedo
que besa tibiamente mi costado
y me da asco
pensar
que ni siquiera
ese eructo de mierda me da asco.
Estoy perdido o lo que es peor: acostumbrado. Tal vez un scotch
o mejor,
doce miligramos
que activen mi reflejo
condicionado. Comprender,
es lo correcto en estos casos:
comió un combo, tragó rápido,
está cansada
mañana tiene que levantarse temprano
Sí,
comprender está muy bien. Es lo mejor. Es lo adecuado.
No sé bien mejor que qué, pero
tiene
debe
ser mejor que algo
como
por ejemplo,
mejor que cercenar mi mirada compasiva
de mascota amancebada
y
vomitando rabia
despertarla a patadas en el culo
hasta que grite o llore o putee o haga algo
algo repugnante o maravilloso
que pueda sorprender
mi bucólica mirada de murciélago exiliado en mi propio cuarto
y encontrarme con sus ojos,
aunque este desatino,
implique mi muerte
o la suya
o la de un gato
o un pequeño temblor que nunca nadie pudo haber imaginado,
y después abrazarla desesperado,
como un náufrago a un madero podrido,
y llorar juntos por este inacabable purgatorio
en el que estamos amontonados.
Este ritual nocturno de cuerpos paralelos,
eco,
sombra
de un amor perdido
en el apuro
por llegar a ningún lado.

Alguna vez nos quisimos.
Sí.
Seguro. Teníamos deseos de tocarnos.

Hoy les toca enamorarse
en el ciclo de trasnoche
a los Fabulosos Bakers boys, subtitulados.
Un boquete electrónico de catorce pulgadas
por donde saco la cabeza
y respiro fantasía a bocanadas
intentando
no morir asfixiado.
La historia ya la sé
pero no puedo dejar de seguir mirando.
Otro scotch otra pastilla otra vez el mismo beso sobre el mismo piano.
La rubia y el muchacho y uno sabe que se quieren
y que pierden
y se caen
y que los del mundo son los malos
y los maltratan y todo eso,
pero hay algo. Una pequeña victoria que sostiene.
Ya se sabe: ese amor es para siempre,
el celuloide los protege del fracaso,
y uno estruja el control remoto
mendigándole un poco de ilusión al aparato.
Los Fabulosos Baker Boys, subtitulados. Como en el cine.
Sin importarme si está dormido el que tengo al lado.
La historia ya la sé
pero no puedo dejar de seguir llorando.

Lexotanil, whisky y tv.
Sí, a veces funciona si sabés como mezclarlo.
Un jarabe casero contra el desencanto. Uno de tantos.
A veces funciona, sí.
Sólo por un rato.

Está comprobado:
por las noches
el tiempo
es mucho mucho más largo.

lunes, 5 de abril de 2010

Yo los odio y ellos lo saben


Yo los odio y ellos lo saben.
Yo sé que decirlo no está bien
que queda mal
y todo eso
pero
los odio.
Los odio todo el tiempo.

Son una banda. Una bandita.
Siempre andan por ahí, jodiendo.
Mangueando,
lloriqueando,
peleándose entre ellos,
escupiendo colectivos,
levantando cosas del suelo,
revolviendo la basura,
gallinas flacas
mugrientas
desgarbadas
que se meten en los tachos.
Se llevan cualquier pedazo de mierda a la boca,
porque saben que son chicos,
que los estás mirando,
que dan lástima,
que te duele.
Así, te ablandan
y se te vienen al humo
para que les tires unos pesos.

Son unos turritos, esos.
Si no los conocés, caés como un chorlito,
Pero a mí no me joden.
Yo los tengo fichados.
Los cago.
Les tomé el tiempo.
En invierno,
a la noche, tarde,
cuando veo
que
sólo ellos
andan por la cuadra,
aflojo un poco el paso.
Me vuelvo lerdo,
enfilo para el quiosco,
meto la mano en el bolsillo,
lento
agónico
intencionado.
Despacito,
como si fuera a sacar plata
para comprar fasos
y no los estuviese relojeando.
La mano bien al fondo del bolsillo
buscando con ahínco
revolviendo
haciéndome el boludo,
los vigilo,
los dejo que se imaginen la guita
que se acerquen a dos metros.

Siempre alguno pica.
Se manda.
Va a largarme el rollo ese de:
señor, no me daría…
mientras me mira la mano oculta,
ansioso,
excitado,
esperando que la saque
con un billete grande,
nuevo,
crujiente, entre los dedos.
Ahí le hago el amague.
Es fija que sonríe.

Yo también
hago una mueca parecida.
Eso lo amansa.
Por primera vez, en su vida breve,
no desconfía.
Se queda quietito,
frágil
vulnerable,
como si fuera un chico.

Por un puñado de segundos
sus palpitaciones,
quiebran
el cómplice silencio callejero.

No me demoro.
Le miro los ojitos,
empotrados
en la efímera ilusión
que envuelve mi bolsillo y
entonces,
gatillo a quemarropa una risotada insolente,
socarrona:
me rasco un güevo
y disfruto,
porque

que sabe
que lo estoy jodiendo.

Es difícil lastimarlos.
Esto le duele.

Siente,
el certero escupitajo
que hiere. Desgarra, enterrado
en el centro del ruido de sus tripas
Aniquila su tesoro:
un último rescoldo de inocencia.
Hay furia.
Se le nota.
Cara sucia
rabia roja.
Una brasita. Rechina
sus dientecitos podridos
y se pierde.

Ciego de bronca,
no la piensa.
Se me tira encima.
Por fin
le doy el gusto:
saco la navaja.

Chorrea una sonrisa en su garganta