
Tiene dieciocho o diecinueve.
No más. Tal vez por eso
aún pregunta
cree
que puede haber una respuesta
contenida en las palabras.
Pero no.
No es su ingenuidad lo que me hiere.
Es su respeto. Esa insolencia macabra.
Ella, esteriliza
cada interroguante que me arroja.
Dice: usted, señor… tal o cual cosa.
Usted, señor…
Irrita. Humilla, socava
porque siempre está bien puesto.
Antesala de sus frases,
elegante y atildado. Imposible
no admitir que es correcto
irreprochable y hasta bello,
profundo. Misterioso.
Un abismo azul entre montañas.
Ineludible. Testimonio
que marca la distancia
como el péndulo. Mojón,
entre el útero y la fosa.
Ella dice: señor, usted…
y es como si dijera: jodéte
las montañas no se mueven
y por eso la odio.
La odio tanto, tanto.
Tanto que este rencor
sólo es comparable,
con mis ganas de tocarla.
Ella me cree.
Registra mis palabras
escribe
anota
apunta, su escote
hacia mis ojos extraviados
en la reconstrucción onírica
del manjar,
que guarda su corpiño
como cántaros,
vasijas cancerberas,
de un elixir terrenal
que
sediento,
suplicante le reclamo
pero ella,
sólo espera una respuesta.
Una respuesta,
en lo posible, corta,
ancha, como su cuaderno
y eso sí: sabia.
Es decir,
una anécdota dudosa,
un fragmento, enigmático y sombrío,
alguna cita filosófica,
pomposa,
prescindible, claro que
dicha con cierta gracia.
En resumen,
alguna de mis viejas artimañas
de zorro
que se muerde la cola.
Ella, quiere
que sepa gatillar
la frase simpática,
oportuna,
que arranque risas de la clase
y ratifique
la bondad de su pregunta.
Que alimente
su vanidad temprana.
Ella es inteligente
y lo sabe
y eso es tonto
y no lo sabe
y es tan joven
que no tiene por qué saberlo
Ella me cree
se fía
se entrega a mi discurso
hábil
diestro
que entrelaza
con cierta pericia tonta
un torbellino de datos, teorías,
que producen
una alquimia maliciosa,
que los hace relucir
como si fuesen útiles. Servibles
para algo verdadero. Por lo menos
por un tiempo.
Yo sé
siento que
ella me cree
y por un momento me debato
en seguir el juego de lo dicho
o terminar de una vez por todas esta farsa.
Expresarle mi verdad,
de manera inequívoca, evidente.
Incrustar mi cabeza entre sus muslos
y perderme
o ganarme. Lamerla, devotamente.
No.
No me animo.
Tengo una imagen
una reputación
un prestigio
un miedo espantoso
que me corroe.
No me queda alternativa.
No puedo mirar
a mi pavor a los ojos. Vuelvo
sobre mis pasos y verborrágico
me prodigo
en un collage de verbos
adjetivos, sustantivos.
Colorido. Pongo
todos estos años
de acopio estúpido, incesante,
a sus pies,
a su servicio,
en una danza de palabras odaliscas,
dedicándole el despojo
de los siete velos. Develo
oculto,
insinúo,
tejiendo telarañas de conceptos,
falsas formas supletorias del amor,
salvoconducto del vacío
yermo, estéril,
pero es mía por un rato
aunque más no sea
para esto.
La clase es cronófaga. Timbre,
ya es la hora
y no le basta.
Descruza sus piernas
en ritual cambio de guardia.
Se acerca. Su boca
me amenaza.
Me pide que le aclare esto o aquello
y yo no sé
como negarme a esa intimidad efímera.
Me aturdo y concedo.
No importa qué pregunte
nombro a: Bachelard.
Siempre lo cito.
En momentos como esos
funciona: Bachelard,
es francés
y no importa
decir lo que haya dicho.
Bachelard.
Pronunciarlo es un encanto
un redil
una trampa
en la que cae gustosa. Un destello
que encandila subrepticio y repito
Bachelard
tontamente
sin sentido. Pero
el narcótico se agota.
Es preciso decir,
hacer,
un gesto inconfundible,
una impronta. Besar
su largo cuello
camino a sus pezones,
hurgar labriegamente el matorral
que encierra su bombacha
tesonero
obsesionado
irrefrenable,
arrancarle gemidos,
espasmos
de dulces humedades.
Asirla de las nalgas
enrredándola a mi talle
y exultante…
Vacilo.
El silencio la incomoda.
Gracias, media vuelta y a otra cosa.
Su novio - o algo así -
la espera en la vereda.
Ella lo abraza,
lo besa presurosa
e intenta contarle alguna
de sus muchas verdades aprendidas.
Él, sonríe.
Le toma la mano,
la lleva a su bragueta
y activa el vendaval de sus hormonas.
Ella lo premia con un beso
corrompido
por la mutua carcajada que erupciona.
Ellos ríen.
Yo no. Yo no me explico
por qué cede
ante tamaña grosería
entregándose
obediente y regalona
a quien sin palabra alguna
solo exhibe
testosterona voluptuosa
por toda galanura.
Por qué.
Por qué mi exuberancia intelectual
tan arduamente cultivada,
mis atenciones,
esa arquitectura obsesiva
de intrincado diseño: mi generosidad académica
es retribuida,
con la ingrata mezquindad de su tersura.
Me encojo de hombros,
hago paz con el destino
saboreo
el pequeño botín
de mi victoria: Ella me cree.
Se asombra.
Perdura,
esculpida en mi retina,
su expresión boquiabierta.
Eso,
ya nadie me lo quita.
Su expresión boquiabierta.
Esta noche
voy a deleitarme febrilmente
soñando,
con la acuosa complacencia de su boca.