martes, 3 de mayo de 2016

INSTRUCCIONES PARA CAPEAR EL MAL TIEMPO
En primer lugar, no se desespere y en caso de zafarrancho
no siga las reglas que el huracán querrá imponerle. Refúgiese en la casa
y asegure los postigos una vez que todos los suyos estén a salvo.
Comparta el mate y la charla con los compañeros,  
los besos furtivos y las noches clandestinas, con quien le asegure ternura.
No deje que la estupidez se imponga. Defiéndase. A la estética, ética.
Esté siempre atento. No les bastará empobrecerlo
y lo querrán someter con su propia tristeza.
Ríase estentóreamente. Mófese: la derecha está mal cogida.
Será imprescindible cenar juntos cada día hasta que la tormenta pase.
Son cosas simples, sencillas, pero no por ello, menos eficaces.
Diga hacia el costado buen día, por favor y gracias. Y la concha de tu madre
cuando lo soliciten desde arriba. Tírele con lo que tenga, pero nunca solo.
Ellos saben cómo emboscarlo en la desprevenida soledad de una tarde.
Recuerde que los artistas serán siempre nuestros. Y el olvido
será feroz con la comparsa de impostores que los acompaña.
Todo va a estar bien si me hace caso. Sobreviviremos nuevamente,
estamos curtidos. Cuidemos a los pibes que querrán podarlos.
Solo es menester bien pertrecharse y no escatimarnos amabilidades.
Deberemos dejar a mano los poemas indispensables, el vino tinto y la guitarra.
Sonreírles a nuestros viejos como vacuna contra la angustia diaria.
Ser piadosos con los amigos.  No confundir a los ingenuos con los traidores.
Y aún con estos, tener el perdón fácil para cuando vuelvan con las ilusiones forreadas.
Aquí nadie sobra. Y eso sí, ser perseverantes y tenaces, escribir religiosamente
todos los días, todas las tardes, todas las noches. Aún sostenidos en terquedades
si la fe se desmorona. En eso, no habrá tregua para nadie.
La poesía les duele a estos hijos de puta.

ALEJANDRO ROBINO

LA GRIETA

Festejan los pitucos. Brindan en privado, lejos de la chusma.
Detrás del canapé, risitas socarronas apenas contenidas, los delatan.
Chorrea buen champan su algarabía. Lo saben, ya lo han hecho.
Les bastará unos pocos meses para embolsar para diez años.
La abuela cacatúa, agradece a dios, tan capitalista y católico,
su fidelidad política. El tío puto es el que duda, pero finalmente
prima la pertenencia de clase y vuelve a su rol de mascota simpática.
Un tiro para el lado de la justicia, de la que ya dio fe Martin Fierro: siempre
les ha pertenecido a las buenas familias. Un bálsamo.
Un alivio, entre tanto mal gusto que imperaba. Los pobres son feos
y es de valientes admitirlo. Pronto se reacomodarán las cosas
si no hay quien los agite y los siga confundiendo con inquina.
El estanciero en la casa, los peones en el rancho. Así se fundó la patria.
Pero hay que ser prudentes y no abusar de la anestesia. El padre,
recomienda a los briosos jóvenes ser circunspectos en la calle.
Nada de escribir andate yegua. Si tienen que expresarse,
digan que todo acto electoral es una fiesta de la democracia.
Ya está, se terminó. No los nombren. Apostemos al olvido.
- Señora, la cena está servida.
La presencia de la sierva desafina el aire.
- Gladys, ponga los cubiertos de plata,
ordena la madre. Esta es su forma de sumarse a la clandestina algarabía.
Comen amablemente, mientras discurren en trivialidades cotidianas. Pero
el brillo en sus ojos son fuegos artificiales. Resurge el sueño colonial
de la virreinal patria esclava. Todo es tan amable, tan ameno.


Un silencio casual, revela el sonido incómodo. En la cocina, alguien llora.