Ya es hora.
Basta. Estamos hartos
del
tribunaliceo juego de cartas marcadas.
El nudo
gordiano no se desata, se corta.
Es menester
arrebatarle a los traidores
el poder
delegado. Y ya no importa si es justicia.
Seamos
ejemplares. Rompámosle el culo a sus hijas
entonando
el himno a carcajadas. Rapemos a sus mujeres,
tatuémosle
la frente cómplice y amarrémoslas desnudas
a la
columna de un Shopping, para lapidarlas con objetos de marca.
Saqueemos
sus casas suntuosas meando en las paredes. Dejemos
un olor a orín
perenne que recuerde sus almas. Arrojemos
sus
pertenencias a la calle. Que la lluvia y el tiempo pudra las astillas
a las que
reduciremos sus botines infames. Escupamos a sus padres
en sus
sillas de ruedas y escribamos con mierda su apellido
en todas las letrinas. Y finalmente a ellos, preservémoslos
de la muerte,
partiendo
sus espaldas. Confinémoslos en eternas cuadriplejias,
a
presenciar la ira que han desatado. Seamos implacables y tutelémonos,
mutuamente,
en persistir en el castigo a través de generaciones.
Y cuando
finalmente se acerquen al último
suspiro, empalémoslos
frente a
los clausurados burdeles que ampararon sus codicias.
Que sus
cadáveres putrefactos vociferen la advertencia, sobre parvas
de
testículos arrancados a velados clientes.
Aunque hagamos
todo esto, seguiremos buscando.
Porque no
basta. La venganza no calma.
Porque si aceptamos finalmente bailar con el diablo, él
pondrá la
música. Y la sed de justicia seguirá vigente.
Necesitamos
saber. ¿Qué pasó? La verdad es necesaria.
¿Dónde estábamos entonces? Necesitamos saber todas las
culpas.
Es
imprescindible castigar honradamente. Y llorar por las víctimas.
Llorar.
Llorar sinceramente. Por las madres, por las hijas.
Y por
nosotros.
Por haber
aguantado tanto tiempo, mirando hacia otro lado.
Alejandro
Robino

