LA GRIETA
Festejan los pitucos. Brindan en privado, lejos de la chusma.
Detrás del canapé, risitas socarronas
apenas contenidas, los delatan.
Chorrea buen champan su algarabía. Lo
saben, ya lo han hecho.
Les bastará unos pocos meses para
embolsar para diez años.
La abuela cacatúa, agradece a dios,
tan capitalista y católico,
su fidelidad política. El tío puto es
el que duda, pero finalmente
prima la pertenencia de clase y
vuelve a su rol de mascota simpática.
Un tiro para el lado de la justicia,
de la que ya dio fe Martin Fierro: siempre
les ha pertenecido a las buenas
familias. Un bálsamo.
Un alivio, entre tanto mal gusto que
imperaba. Los pobres son feos
y es de valientes admitirlo. Pronto
se reacomodarán las cosas
si no hay quien los agite y los siga
confundiendo con inquina.
El estanciero en la casa, los peones
en el rancho. Así se fundó la patria.
Pero hay que ser prudentes y no
abusar de la anestesia. El padre,
recomienda a los briosos jóvenes ser
circunspectos en la calle.
Nada de escribir andate yegua. Si
tienen que expresarse,
digan que todo acto electoral es una
fiesta de la democracia.
Ya está, se terminó. No los nombren.
Apostemos al olvido.
- Señora, la cena está servida.
La presencia de la sierva desafina el
aire.
- Gladys, ponga los cubiertos de
plata,
ordena la madre. Esta es su forma de
sumarse a la clandestina algarabía.
Comen amablemente, mientras discurren
en trivialidades cotidianas. Pero
el brillo en sus ojos son fuegos
artificiales. Resurge el sueño colonial
de la virreinal patria esclava. Todo
es tan amable, tan ameno.
Un silencio casual, revela el sonido incómodo. En la cocina, alguien llora.


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