sábado, 26 de junio de 2010

Troesma

Si una mujer te dejó llegar hasta ese punto, pibe,

podés conchabarte para siempre en su memoria. Pero ojo,

no confundas simple con fácil porque el arte no es moco de pavo

y en este asunto hay que ser un artista. ¡Atendé, querés!

El punto es ese y tenés que masajearlo suavecito, sin interrupciones.

No te distraigas. Adivinále el ritmo, y aprendé a llevarla. Despacito,

liberále las ganas. Que paladee sus vanidades reprimidas.

El yeite, pibe, consiste en saciarle sin apuro, con delicados halagos,

la necesidad que comienza a desnudar frente a tu sabio hacer acompasado.

Cuando empiece a tener hambre, dale de comer con cucharita. Despacito.

No te desbandes. Ser fanfa y jeropa es casi una sola cosa. Dejála que desee

y dale antes que pida. Y atenti. Cuanto más se acelere, más va a querer

manotear el freno de mano. No te dejes llevar por su chamuyo. Perra

que ladra, no deja de ser una perra. Grabátelo en el coco

para el resto de la cosecha. Vos seguí con lo tuyo. No te distraigas.

Estáte seguro que ese es el punto, pibe. Lo demás es pura mierda. Dale,

seguí. Suave y firme. Intenso. Muy intenso. Dale. Susurrále, eso ayuda.

Acariciále la oreja con gilerías. Podés ser su dios por un segundo. O mejor,

su macho. Sí. Incrustáte en sus recuerdos, vanidoso, imprescindible.

A mano, para cuando tenga que arreglarse sola.

Trabajále ese punto y vas a ver que es una yerra agradecida. Después,

podrá quererte, odiarte, mentirte, halagarte, serte fiel o traicionarte,

pero fija: lo que no va a poder, es olvidarte.

Acordáte pibe, ese es el punto y no pierdas tiempo

intentando inventar el agua tibia porque ya está todo inventado:

Masajeále el ego.

Masajeále el ego, pibe. Y va a ser tuya para siempre.

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