
Murmura la noche, diría este poema.
Murmura la noche y los astros etc etc etc
Sería bello.
Bello y piadoso y hasta necesario.
Versos por los que el buen dios
conmovido
otorgaría su misericordioso perdón
su santo manto de olvido, él, siempre tan considerado.
Pero la noche no murmura
y dios
es un asqueroso agujero negro.
Un ensordecedor silencio
percutiéndome en el pecho.
Acosado, en la emboscada
de mi cama. Frágil
inquieto,
perturbado.
Agitando sábanas,
banderas del tedio compartido,
un animal resopla un pedo
que besa tibiamente mi costado
y me da asco
pensar
que ni siquiera
ese eructo de mierda me da asco.
Estoy perdido o lo que es peor: acostumbrado. Tal vez un scotch
o mejor,
doce miligramos
que activen mi reflejo
condicionado. Comprender,
es lo correcto en estos casos:
comió un combo, tragó rápido,
está cansada
mañana tiene que levantarse temprano
Sí,
comprender está muy bien. Es lo mejor. Es lo adecuado.
No sé bien mejor que qué, pero
tiene
debe
ser mejor que algo
como
por ejemplo,
mejor que cercenar mi mirada compasiva
de mascota amancebada
y
vomitando rabia
despertarla a patadas en el culo
hasta que grite o llore o putee o haga algo
algo repugnante o maravilloso
que pueda sorprender
mi bucólica mirada de murciélago exiliado en mi propio cuarto
y encontrarme con sus ojos,
aunque este desatino,
implique mi muerte
o la suya
o la de un gato
o un pequeño temblor que nunca nadie pudo haber imaginado,
y después abrazarla desesperado,
como un náufrago a un madero podrido,
y llorar juntos por este inacabable purgatorio
en el que estamos amontonados.
Este ritual nocturno de cuerpos paralelos,
eco,
sombra
de un amor perdido
en el apuro
por llegar a ningún lado.
Alguna vez nos quisimos.
Sí.
Seguro. Teníamos deseos de tocarnos.
Hoy les toca enamorarse
en el ciclo de trasnoche
a los Fabulosos Bakers boys, subtitulados.
Un boquete electrónico de catorce pulgadas
por donde saco la cabeza
y respiro fantasía a bocanadas
intentando
no morir asfixiado.
La historia ya la sé
pero no puedo dejar de seguir mirando.
Otro scotch otra pastilla otra vez el mismo beso sobre el mismo piano.
La rubia y el muchacho y uno sabe que se quieren
y que pierden
y se caen
y que los del mundo son los malos
y los maltratan y todo eso,
pero hay algo. Una pequeña victoria que sostiene.
Ya se sabe: ese amor es para siempre,
el celuloide los protege del fracaso,
y uno estruja el control remoto
mendigándole un poco de ilusión al aparato.
Los Fabulosos Baker Boys, subtitulados. Como en el cine.
Sin importarme si está dormido el que tengo al lado.
La historia ya la sé
pero no puedo dejar de seguir llorando.
Lexotanil, whisky y tv.
Sí, a veces funciona si sabés como mezclarlo.
Un jarabe casero contra el desencanto. Uno de tantos.
A veces funciona, sí.
Sólo por un rato.
Está comprobado:
por las noches
el tiempo
es mucho mucho más largo.

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