lunes, 5 de abril de 2010

Yo los odio y ellos lo saben


Yo los odio y ellos lo saben.
Yo sé que decirlo no está bien
que queda mal
y todo eso
pero
los odio.
Los odio todo el tiempo.

Son una banda. Una bandita.
Siempre andan por ahí, jodiendo.
Mangueando,
lloriqueando,
peleándose entre ellos,
escupiendo colectivos,
levantando cosas del suelo,
revolviendo la basura,
gallinas flacas
mugrientas
desgarbadas
que se meten en los tachos.
Se llevan cualquier pedazo de mierda a la boca,
porque saben que son chicos,
que los estás mirando,
que dan lástima,
que te duele.
Así, te ablandan
y se te vienen al humo
para que les tires unos pesos.

Son unos turritos, esos.
Si no los conocés, caés como un chorlito,
Pero a mí no me joden.
Yo los tengo fichados.
Los cago.
Les tomé el tiempo.
En invierno,
a la noche, tarde,
cuando veo
que
sólo ellos
andan por la cuadra,
aflojo un poco el paso.
Me vuelvo lerdo,
enfilo para el quiosco,
meto la mano en el bolsillo,
lento
agónico
intencionado.
Despacito,
como si fuera a sacar plata
para comprar fasos
y no los estuviese relojeando.
La mano bien al fondo del bolsillo
buscando con ahínco
revolviendo
haciéndome el boludo,
los vigilo,
los dejo que se imaginen la guita
que se acerquen a dos metros.

Siempre alguno pica.
Se manda.
Va a largarme el rollo ese de:
señor, no me daría…
mientras me mira la mano oculta,
ansioso,
excitado,
esperando que la saque
con un billete grande,
nuevo,
crujiente, entre los dedos.
Ahí le hago el amague.
Es fija que sonríe.

Yo también
hago una mueca parecida.
Eso lo amansa.
Por primera vez, en su vida breve,
no desconfía.
Se queda quietito,
frágil
vulnerable,
como si fuera un chico.

Por un puñado de segundos
sus palpitaciones,
quiebran
el cómplice silencio callejero.

No me demoro.
Le miro los ojitos,
empotrados
en la efímera ilusión
que envuelve mi bolsillo y
entonces,
gatillo a quemarropa una risotada insolente,
socarrona:
me rasco un güevo
y disfruto,
porque

que sabe
que lo estoy jodiendo.

Es difícil lastimarlos.
Esto le duele.

Siente,
el certero escupitajo
que hiere. Desgarra, enterrado
en el centro del ruido de sus tripas
Aniquila su tesoro:
un último rescoldo de inocencia.
Hay furia.
Se le nota.
Cara sucia
rabia roja.
Una brasita. Rechina
sus dientecitos podridos
y se pierde.

Ciego de bronca,
no la piensa.
Se me tira encima.
Por fin
le doy el gusto:
saco la navaja.

Chorrea una sonrisa en su garganta

1 comentario:

  1. pues no puedo mi querido Ale abandonarla, que seria de nosotros sin ella?
    : Poeta...me has sorprendido.
    Sos Cruelmente Honesto. Y un gran Observador!
    Cuantos sentimientos encontrados!
    y ese final inesperado.
    Bravo.
    Espero ansiosa la próxima.
    beso

    ResponderEliminar

Al entrar aquí, abandona toda esperanza.