lunes, 3 de mayo de 2010

Muchachos Grandes



Ya son muchachos grandes.
Tienen algo más de medio siglo.
Emigrados barriales,
con viejos viejos
e hijos eludidos a hembras vulgares,
imperfectas,
pertrechadas con amores terrenales,
de consorcio,
de segundo vencimiento.
Infructuosas,
procuraron arrancarles el paraíso prometido:
alguna gloria, tan infundada como merecida,
por haber creído en una suerte de inmortales
reservada para ellos,
vaya a saber por quién
o qué sabe qué cosa.

Ahora, todos son muchachos grandes
y lo saben:
en promesas, no deben fiarse.
En mujeres, tampoco,
claro. Metafísica del asfalto,
el saber tardío
es un antídoto vencido.

Muchachos buenos
para nada,
ya están de vuelta de ningún sitio.
Aterrados caminantes circulares,
dignamente,
disimulan para nadie,
con palabras
cruzadas
de causas perdidas.

Una vez por mes
en el “Gran Lezama”
se convocan a exorcismo gastronómico.
Sentados a la mesa, aferrados a la balsa,
gastan bromas gastadas.
Fantasean
con tersuras y jumpers virginales.
Mitifican, unos a otros, festejándose
misericordiosamente.

Evocan a pura risotada.

Viejas campanas de madera,
retumban
los buenos viejos.
Los buenos viejos tiempos.
Los buenos viejos tiempos que nunca
jamás existieron.

Ya no creen en dios.
Se conforman con el mozo
que
silente
suministra
queso, piedad y sopresata.
Repite,
respeta el ritual,
gana su propina,
obvia calvas y canas.
Los trata de muchachos,
ofrenda ancianidad.
Tranquiliza
la fuente de ravioles.
Parten el pan
fraternos.
Fútbol y minas
despuntan rancios fanatismos.
De este modo sencillo, disipan por un buen rato
su angustia de futuro trunco. Estrellitas abortadas.
Agujeros negros sobre los manteles.

Los postres,
el proyecto que no fue,
la empresa que será,
seguro
tal vez
si la suerte acompañara
o existiese.
El conjuro azucarado
del café
queda en pie
el próximo encuentro.
Jugarán, otra vez,
a la mancha helada,
quietitos manchados congelados
como si no hubiera pasado nada.
Sentirse aún promesas
de algo
que no es eso.

Nadie puede juzgarlos mal. Es su derecho.

Es sólo una vez por mes.
Un tinto, tal vez,
un poco más caro
que sus ajados bolsillos.
Entrada plato y postre.
Efímera opulencia. Berreta
bacanal de dioses desterrados de la mesa.
Los abrazos,
saludos. Grandes aspavientos
que no consiguen armar una alegría.
Demorada despedida. Por calles desoladas
enfilan sus barrigas.

Ya son muchachos grandes
La suerte está echada.

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