
Juntan pis desde temprano. En fila,
chupan frío y humedad. Junto al paredón,
la sombra del supermercado tiñe el friso suplicante.
Sueltan bostezos amasados en trenes, colectivos
sueños de unos pocos pesos. Peregrinas sin meca,
exhalan plegarias tiritadas a un dios ausente.
Una tuberculosis temprana las arropa.
Sobre la vereda de cemento escarchado, sus zapatitos,
susurran asperezas por todo comentario. Obedientes,
inspeccionan nucas anónimas. Aceptan
un número por toda identidad y allí quedan
macerando
toda la mañana, sobre tacos gastados.
Las requeridas buenas presencias, van desmoronándose.
Inútil, la voz del cafetero, humilla bolsillos impotentes.
Darwin sonríe. De tanto en tanto, unas pocas desertan.
Hacia el medio día, se abre el portón trasero.
Desentumecen la espera y solo algunas
intentan un gesto que recicle el desaliño. Otras,
besan estampitas, fotos de sus hijos. Se persignan,
leyendo los carteles con ofertas. Ilusiones gastrointestinales
de un porvenir cercano si tal vez la suerte acompañase.
Sobre el vano de chapa, la consabida leyenda:
Quien entre aquí, abandone toda esperanza.
Cancerbero. El seguridá señala con desprecio. Un Forro.
La primera de la fila se arroja presurosa. Formulario.
El interrogatorio impreso la califica. Cajera descartable.
En tres meses volverá a la basura. Pero ella no lo sabe
y agradece, ante cuatro miserables que evalúan sus tetas.
En sólo diez minutos la puerta la vomita
aprobada radiante jubilosa.
Su inminente esclavitud festeja.
Pareciera que la fiesta es para todas. Una mueca,
casi un entusiasmo, se apodera de ellas. Espejismo.
El gorra, cuelga cartelito: no hay más vacantes.
Uno dos tres, cuatrocientos veintiocho números
a lo largo de la cuadra rumian impotencia.
Ella y las otras. Esa es la frontera. Su dicha,
su alborozo, deshace de un sopapo la columna que la observa.
Se acercan poco a poco. Estrechan sus manos.
Intentan contagiarse de su suerte. Fraternas,
la saludan, la rodean. Los buenos augurios, las chanzas,
los presagios, dan paso a los abrazos. Intensos.
Exaltados. Fuertes. Hasta quitarle el aire
ninguna se desprende de esa montonera.
Fuenteovejuna ha sido. La traquea rota un accidente.

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Al entrar aquí, abandona toda esperanza.