
Vale cada uno de los veinte mangos de la promo. Un choripete
antes de macerarse en el rocío. La amansadora del bondi
que lo devuelve a las chapas, al barro frío. Cada quince días
el franco saquea sus ahorros. Rodea la estación, pasa por el kiosko
y sin apuro, arrima a la fila. Saca número y pasa por la parrilla,
sin quitar la vista del tabicado pasillo mugroso. Engulle, devora ansioso
el grasiento sorete parrillero que chorrea manchas, mientras
se amasa la verga a través del bolsillo roto. Prepara el postre.
Planificadamente, deja pasar a otros urgidos. Fabrica la coincidencia.
Ya la tiene marcada. Paraguayita. La trajeron hace poco.
Todavía hace arcadas. Parece limpita. Apenas la ve asomarse,
se lanza presuroso, guiñándole una transa invisible al encargado.
Ella, pareciera que acepta hundiéndose en su cubículo ominoso.
Aguarda en el fondo del box, de espalda, carita al rincón,
la bombacha a media asta. De parado, el desagote furtivo
no dura más de tres o cuatro corcoveos. Nunca hablan.
Tiene gusto a chimichurri la perrita. Él tiene un truco
para montarla sin poner más guita. Le regala figuritas.

El frìo, el choripete y el postre.
ResponderEliminarLa realidad social descarnada y triste!
Buena descripcion.
La descripción del contexto está a la altura de la violencia del texto y de los conceptos usados.Si, muy fuerte.
ResponderEliminarMe recordó un poquito a Perlongher... salvando las distancias
ResponderEliminar